Lagar

29 muro yerto que vuelve el torso, y no deja acudir los brazos, ni se abre al amor deseoso. El celador costado blanco nunca se parte en grietas de olmo, y aunque me cele como un hijo no me consiente ir a los otros: espalda lisa que me guarda sin volteadura y sin escorzo. El sordo quiere que vivamos todos perdidos, juntos y solos, sabiéndonos y en nuestra búsqueda, en laberinto blanco y redondo, hoy al igual que ayer, lo mismo que en un cuento de hombre beodo, aunque suban, del otro canto de la noche, cuellos ansiosos, y me nombren la Desvariada, el que hace señas y el Niño loco.

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