Lagar
26 Y su hija, la sangre, que tras él lo vocea: la huella, Dios mío, la pintada huella: el grito sin boca, ¡la huella, la huella! Su señal la coman las santas arenas. Su huella tápenla los perros de niebla. Le tome de un salto la noche que llega su marca de hombre dulce y tremenda. Yo veo, yo cuento las dos mil huellas. ¡Voy corriendo, corriendo la vieja tierra, rompiendo con la mía su pobre huella! ¡O me paro y la borran mis locas trenzas, o de bruces mi boca lame la huella! Pero la tierra blanca se vuelve eterna; se alarga inacabable igual que la cadena;
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