Lagar
202 Soledades que me di, soledades que me dieron, y el diezmo que pagué al rayo de mi Dios dulce y tremendo. Mi juego de toma y daca con las nubes y los vientos, y lo que supe, temblando, de manantiales secretos. ¡Ay, arrimo tembloroso de mi arcángel verdadero, adelantado en las rutas con el ramo y el ungüento! Tal vez ya nació y me falta gracia de reconocerlo, o sea el árbol sin nombre que cargué como a hijo ciego. A veces cae a mis hombros una humedad o un oreo y veo en contorno mío el cíngulo de su ruedo. Pero tal vez su follaje ya va arropando mi sueño y estoy, de muerta, cantando debajo de él, sin saberlo.
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