Lagar
125 Vertiente En el fondo de la huerta mana una vertiente viva, ciega de largos cabellos y sin espumas herida que de abajada no llama y no se crece de fina. De la concha de mis manos resbala, oscura y huida. Por lo bajo que rebrota se la bebe de rodillas, y yo le llevo tan solo las sedes que más se inclinan: la sed de las pobres bestias, la de los niños, la mía. En la luz ella no estaba y en la noche no se oía, pero desde que la hallamos la oímos hasta dormidas, porque desde ella se viene como punzada divina, o como segunda sangre que el pecho no se sabía. Era ella quien mojaba los ojos de las novillas. En la oleada de alhucemas ella iba y venía,
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