Tala
186 La casa La mesa, hijo, está tendida, en blancura quieta de nata, y en cuatro muros azulea, dando relumbres, la cerámica. Esta es la sal, este el aceite y al centro el pan que casi te habla. Oro más lindo que oro del pan no está ni en fruta ni en retama, y es su olor de horno y de espiga el de una dicha que no sacia. Lo partimos, hijito, juntos, con dedos duros y palma blanda, y te lo miras asombrado de tierra negra que da flor blanca. Baja la mano de comer, que tu madre también la baja. Los trigos, hijo, son del aire y son del sol y de la azada; pero este pan «cara de Dios» no llega a mesas de las casas. Y si otros niños no lo tienen, mejor, mi hijo, no lo tocáramos: y no morderlo mejor sería con una boca atribulada. Hijo, el hambre, cara de mueca, en remolino gira las parvas.
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