Tala

136 Confesión I —Pende en la comisura de tu boca, pende tu confesión, y yo la veo: casi cae a mis manos. Di tu confesión, hombre de pecado, triste de pecado, sin paso alegre, sin voz de álamos, lejano de los que amas, por la culpa que no se rasga como el fruto. Tu madre es menos vieja que la que te oye y tu niño es tan tierno que lo quemas como un helecho si se la dices. Yo soy vieja como las piedras para oírte, profunda como el musgo de cuarenta años, para oírte; con el rostro sin asombro y sin cólera, cargado de piedad desde hace muchas vidas, para oírte. Dame los años que tú quieras darme, y han de ser menos de los que yo tengo, porque otros ya, también sobre esta arena, me entregaron las cosas que no se oyen en vano, y la piedad envejece como el llanto y engruesa el corazón como el viento la duna.

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