Tala
120 Lo bendigan las estaciones, nortes y sures lo bendigan, y su padre, el año, lo escoja para mástil de la vida. No es un río ni es un país, ni es un metal: se llama un día. Entre los días de las grúas, de las jarcias y de las trillas, entre aparejos y faenas, nadie lo nombra ni lo mira. Lo bailemos y lo digamos por galardón de Quien lo haría, por gratitud de suelo y aire, y por su río de agua viva, antes que caiga como pavesa y como cal que molerían y se vuelquen hacia lo eterno sus especies de maravilla. ¡Lo cosamos en nuestra carne, en el pecho y en las rodillas, y nuestras manos lo repasen, y nuestros ojos lo distingan, y nos relumbre por la noche y nos conforte por el día, como el cáñamo de las velas y las puntadas de las heridas!
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