Desolación

62 II El peso de los nidos, ¡fuerte!, no te ha agobiado. Nunca la dulce carga pensaste sacudir. No ha agitado tu fronda sensible otro cuidado que el ser ancha y espesa para saber cubrir. La vida (un viento) pasa por tu vasto follaje como un encantamiento, sin violencia, sin voz; la vida tumultuosa golpea en tu cordaje con el sereno ritmo que es el ritmo de Dios. De tanto albergar nido, de tanto albergar canto, de tanto hacer tu seno aromosa tibieza, de tanto dar servicio, y tanto dar amor, todo tu leño heroico se ha vuelto, encina, santo. Se te ha hecho en la fronda inmortal la belleza, ¡y pasará el otoño sin tocar tu verdor! III ¡Encina, noble encina, yo te digo mi canto! Que nunca de tu tronco mane amargor de llanto, que delante de ti prosterne el leñador de la maldad humana, sus hachas; y que cuando el rayo de Dios hiérate, para ti se haga blando y ancho como tu seno, el seno del Señor!

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