Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

56 olga poblete si le interesa. «Voy a ver cómo está todo por allá». Me contestaba: «Luego te llamo, voy a pedir permiso». Luego me llamaba y me decía: «Ya, estoy lista». Partíamos a esa hora, en verano, los dos solos, y no parábamos hasta llegar a eso de las once de la noche al Portezuelo, a 2.400 metros, sin siquiera parar en el Refugio del Club Andino. Ahí la ayudaba a bajarse y nos poníamos a mirar las estrellas. «Mira la Cruz del Sur, las Tres Marías, Orión...», decía entusiasmada como cuando éramos niños. «¡Ahí se cayó una! ¡Qué dirían mis respetables amigas si vieran a esta vieja loca casi a medianoche mirando las estrellas, aquí en la punta del cerro!». Luego bajábamos al Refugio a dormir, no sin antes tomarnos una sopita caliente o un rico café bien conversado. Olga y el mar Pero casi tanto como la montaña, estaban instaladas en ella y noso- tros las vivencias familiares junto al mar y sus playas de arenas blan- cas. Botes y la caleta de pescadores con su San Pedro cuidándolos, pelícanos y gaviotas, fueron parte importante de nuestra historia. Y en especial el agreste balneario de Algarrobo donde mis padres se co- nocieron un inolvidable verano de 1932. En vacaciones de verano o aprovechando algún feriado largo, nos íbamos cada año a Algarrobo con camas y petacas . El conductor de la micro amarilla que viajaba entonces por Casa Blanca, quien ya nos conocía, se desviaba al llegar a la costa y nos dejaba en el mismo patio del Camping del Club Deportivo Nacional. Ahí, felices con mi hermana, nos bajábamos de la micro, casi an- dando aún, y corríamos a la playa y a los roqueríos que estaban solo a 60 metros, como avisándole al mar que ya habíamos llegado. Luego volvíamos, un poco mojados ya, a ayudar a mis padres a bajar las mochilas, maletines y bolsos, para llevarlos a la pieza que se nos asignaba en el largo bloque de dormitorios de un piso, de made- ra y techo de fonolita para familiares de los socios. Era una pieza pe- queña, con cuatro camas en camarotes, un closet abierto, una mesa amplia donde estaba el gran lavatorio enlosado, un espejo, el jarro de agua y el recipiente para el agua ya usada. Casi frente a este, una ventana mirando hacia el mar.

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