Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz
510 olga poblete Tan pronto como la Sociedad de las Naciones aprobó el ingreso de la urss, en su discurso el Primer Ministro Litvinov planteó clara- mente estos objetivos. Los pueblos mundialmente reconocen esta perseverante actitud que, a la larga, hacia fines de los años ochenta ha quedado sobradamente probada con acuerdos sustanciales, lo- grados gracias a la invariable tenacidad de los soviéticos, al poner en marcha la operación de desmontar los misiles de mediano alcance y continuar hacia etapas superiores que bloqueen hasta su término la amenazadora producción de nuevos artefactos de destrucción masi- va, armamentos convencionales, armas químicas y bacteriológicas, y por fin lograr la desnuclearización del planeta y del espacio cósmico. En el curso de los años cincuenta, aunque lenta y trabajosamen- te, las entidades y corrientes pacifistas en favor del desarme con- quistaron un apoyo creciente en otras fuerzas sociales, políticas y en la opinión pública. Naciones Unidas creó una subcomisión sobre desarme. Continúan con merecida resonancia las Conferencias de los Científicos en Pugwash. Unos ciento cincuenta mil científicos ofrecen su concurso para resolver problemas técnicos del desarme. Son los miembros de la Federación Mundial de Trabajadores Cientí- ficos, que presidía el británico Premio Nobel C. F. Powell. Por fin a comienzos de 1955 se reúnen en Ginebra los Cuatro Grandes, hecho que fue saludado con verdadero júbilo y grandes esperanzas. «Los Grandes han concluido un armisticio en la guerra fría, escribió Le Monde . Il Messagero anotó: «Después de diez años de tensión aguda, el Acuerdo de Ginebra es la primera manifestación de una evolución positiva en las relaciones de Este Oeste». Los Jefes de gobierno de las cuatro potencias con el sólo hecho de reunirse en Ginebra desmostraban palmariamente que las diferen- cias internacionales pueden arreglarse por la negociación. Las ideas sobre limitación de armamentos, compromiso de no emplear armas nucleares, prohibición de las pruebas experimentales y un control eficaz habían comenzado a concretarse. «Lo que se llama el espíritu de Ginebra» , comentó Federico Joliot Curie, es aquello «que res- ponde a las aspiraciones de los hombres y mujeres de buen sentido que quieren vivir en paz». Se abría un paréntesis promisor. Sin em- bargo, los trabajos en la onu marchaban a ritmo lento y la realidad
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