Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

277 III. feminista el quehacer social. Lo había aprendido haciendo. Por eso lo afirmaba con tanta autenticidad. No en vano regímenes antipopulares aplican todas las medidas para aislar y cortar las vías de la comunicación y la libre participación. Pienso que el memch multiplicó las ocasiones para que las mujeres que lo integraban se sintieran personas, reales protagonistas de sus vidas. Y vuelve la pregunta: entonces, ¿por qué...? Los patrones con que nació y operó el memch quedaron tal vez atrás, cayeron en desuso. Su amplitud y tolerante comprensión no calzaban quizá con el pro- ceso de agudización de la conciencia política que llevó a los partidos políticos a requerir el urgente ingreso a ellos de la nueva clientela fe- menina. Los dirigentes, hombres al fin, no vieron en ellas sus iguales, sino eficaces colaboradoras. Pienso que a los partidos de izquierda les tocaba una tarea difícil en este asunto de asumir de igual a igual con la mujer las responsabilidades y derechos en la acción política. Fue más fácil abordar este punto para los partidos de derecha. Para muchas mujeres estos conservadores, tradicionalistas, personi- ficaban el orden, la autoridad que resguarda la tranquilidad. Ellas, compenetradas del rol familiar, maternal, doméstico, veían ese or- den y tranquilidad como la protección de su hogar y sus hijos. Afir- mación reiterada en el ambiente, la escuela, las comunicaciones, la palabra oral y escrita. Pero hay un curioso detalle que ilumina la comprensión de la falacia que reside en todo esto. El memch encon- tró siempre bastante resistencia entre las mujeres del Partido Con- servador durante sus campañas por el voto político. Las «sufragistas» chilenas fueron miradas con no menos asco que las inglesas en su tiempo por sus congéneres de las clases acomodadas. Pero cuando llegaron las elecciones municipales de 1947, la derecha no vaciló en designar candidatas y las mujeres se apresuraron a ir a las urnas y vo- tar por ellas. Hubo mayoría de regidoras de derecha. Y la historia se ha seguido repitiendo. Los partidos de izquierda, tenían que educar a las mujeres para comprender que no existe contradicción entre postular los cambios sociales, económicos y políticos y garantizar el orden, la tranquili- dad, la autoridad. Creo que esa educación política nunca se hizo. Debió haber comenzado incluso por los mismos hombres para mo-

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