Olga Poblete. Educadora, historiadora, feminista, militante de la paz

484 olga poblete de Estado y su aparato técnico militar, el Pentágono. Desde la confe- rencia de Cancilleres Latinoamericanos en Río de Janeiro, 1947, su- cesivas reuniones interamericanas fueron construyendo el sistema de control de estas repúblicas. De año en año, el imperialismo sumaba a la succión económica, su intervención militar directa o encubierta y con ello, la orientación de nuestra política interna. El presidente Ga- briel González Videla había manifestado, en diciembre de 1947, du- rante la sesión final del Segundo Congreso Nacional de Mujeres (al cual no había sido invitado oficialmente): «no vacilaré, si es necesario, en acudir a los sables democráticos». Imprudencia que le acarreó la ai- rada protesta de centenares de delegadas y público general que reple- taba el Aula Magna de la Universidad Técnica Federico Santa María, de Valparaíso. El Jefe de Estado era, en el extremo Sur de América, el vocero de la tercera guerra mundial; y al estallar el conflicto con Co- rea, provocado por la intervención militar de Estados Unidos, fue de los primeros en expresar la posibilidad de enviar soldados voluntarios. El problema de la independencia nacional y la lucha por garan- tizar la seguridad colectiva y una paz duradera, constituyen el gran nudo de la política nacional e internacional de los años cincuenta y sesenta. Era necesario construir un vehículo nuevo para las ideas y senti- mientos. Por un lado, el acartonado patrioterismo; y por el otro, una agresiva politización, arruinaron más de una vez iniciativas valiosas. Eran años de autoritarismo sin uniforme militar, pero no menos car- gados de prepotencia, insidia y prejuicios. Se trataba de dar vida, impulsar un movimiento de opinión pro- fundamente humanista, antidiscriminatorio de personas y pueblos. Por, sobre todo, defendía el derecho a la vida. Por eso era antiarma- mentista y antimilitarista y, en consecuencia, anticolonialista y an- timperialista. Lograrlo equivalía a sumarnos, chilenas y chilenos, a esa ecuménica aspiración por la paz. Hubo que compartir tiempo y compromisos de trabajo con las innumerables y delicadas tareas de relación, difusión y organización de un movimiento pacifista eminentemente popular. El «aunque se queden tres años sin amigos» que nos señaló Ga- briela en La Palabra Maldita , fueron en verdad muchísimos años de

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