Aguas abajo
72 garse las piedras, arremolinado, precipitado, sin que nunca un remanso le diera color de cielo, ni una estrella se quedara quieta en la profunda noche de su espejo; llegaba el invierno y las finas rayas persistentes de la llu- via lo esfumaban todo, pero el ruido del agua en furiosa torrentada dominaba aun el caer de la lluvia y los table- tazos del viento, cuando no su largo aullido; la prima- vera provocaba con sus deshielos súbitos anegamientos que arrastraban troncos y pedruscos, formando muchas veces represas que la corriente empujaba hasta lograr un nuevo avance fragoroso. Terminaba el deshielo y el río aparecía de nuevo como un hilo cobrizo, impercep- tible a veces sobre el rojizo de la arena, entre las paredes del tajo, rojas también, como las montañas mondas que limitaban el horizonte. En la casa la existencia se guiaba por las aguas. La se- quía del verano marcaba la época en que la mujer, can- tando dulcemente las cuatro notas de la melodía india, bajo los cobertizos hacía sus quehaceres domésticos. La vieja hilaba, medio ciega, en su silleta frente al abismo, mirando la niebla de sus propios ojos, muy abiertos los párpados, rojiza de soles, de vientos, de años; labrada por las arrugas y con las manos extrañamente presu- rosas manejando el huso. La muchacha ayudaba a la madre, guiaba a la vieja, bajaba por agua hasta el río, segura de sus quince años, alta la cabeza, con la falda modelándole el vientre de suave jadear, y en la piel una
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=