Desvelos en el alba

I Cuando la conocí era yo administrador de 'Selva Lírica" -dirigida por O. Segu– ra Castro-, pobre revista literaria, pero rica en ataques, que no compraban sino los ini– ciados. Apenas aparecía un número me instalaba en la puerta del Correo Central y la ofrecía aon una constancia de penitente. Seguía a cada persona. Unos me oían durante veinte metros, otros resistían media cuadra y los tipos excepcionales perdían su moral al lle– gar a la esquina inmediata. Y a por fatiga, ya por desesperación terminaban por comprár– mela. Los de carácter más entero, sí bien me la compraban, mientras curaba el trueque no dejaban de mirarme con el odio y el despre– cio más absolutos. De suerte que cuando espontáneamente me la solicitó esa señora de sonrisa tan agra– dable y de ojos tan hermosos, debí creer que había venido al mundo sólo para darme tal satisfacción. Debo recordar también a un joven ele– gante, de tez pálida, que se me acercaba con gran interés y adquiría mi revista como si se tratara de algo precioso. Me parecía sencilla- ) 8 (

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