Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile

N unca he creído en historias de fantasmas. No me gustan los fantasmas, porque si creemos en ellos les damos demasiado poder. Y, sin em- bargo, los fantasmas nos rondan a cada paso, los hacemos parte de nuestra mirada sobre el mundo. El fantasma del comunismo que menciona Mark Fisher —re- tomando a Marx—, por ejemplo, ahora que el capitalismo nos ha convencido de haber sido la única salida. O el fan- tasma de mi abuela, que picaba repollo en el marco de la puerta cada tarde. Así como tenemos fantasmas colectivos, Coronel vendría a ser mi hauntología personal. En ambos casos la definición es la misma: el fantasma nunca muere, no puede ser negado; es, como dice Fisher en Los fantasmas de mi vida , un duelo fallido. El fantasma de Coronel ronda en mí porque el origen es identidad, y su nostalgia rever- bera desde lo profundo mientras existo en un mundo otro. El Coronel de mis recuerdos no es el Coronel real; no lo fue entonces porque mi mirada infantil apenas alcanzaba a comprender el mundo que me rodeaba, y tampoco lo es ahora porque el Coronel demi memoria no es un lugar real, y ni siquiera el real de entonces es el mismo de hoy. Yo dejé Coronel a los veinte años y nunca más volví. ¿Nunca más? Bueno, siempre vuelvo de vacaciones, que no es lo mismo, pero es igual, como dice una canción. No volví a vivir ahí, porque al origen solo puede irse de visita. Al menos así ha sido para mí. En Santiago está mi casa por razones obvias; en Coronel no hay trabajo, es una conocida zona de sacrificio donde conviven tres centrales termoe- léctricas y un vertedero de cenizas, entre otras cosas más, y no quiero volver. Seguro esto se explica con un poco de arribismo de clase. Podría leerse así, pero también desde lo práctico: en Coronel no hay trabajo para mí. Me he dado cuenta de que hay dos eventos coronelinos que marcaron mi infancia y que no son parte del recuer- do de generaciones recientes o de quienes no crecieron ahí. Al recordarlos, me doy cuenta de que padezco la enfermedad de la nostalgia. Dudo mucho —podrán co- rregirme— que estos eventos se produzcan hoy allí. Estoy hablando del Coronel de los noventa. Unosehacíaenmayo.Losniños,acompañadosporalgunos adultos, hacían grandes cruces adornadas de guirnaldas, flo- res y velas. Endiferentes puntos de la ciudad, caída ya la tarde y comenzada la noche, las cruces y sus fieles se desplegaban por el territorio; varias cruces y muchos fieles, en sumayoría niños. Los niños se buscaban por las casas para acompañar la procesión. Cantábamos una canción que no recuerdo, sos- teniendo velas para llamar a las puertas de las casas, como el dulce y travesura del Halloween actual. Cantábamos otra canción si no nos abrían la puerta y una tercera canción de agradecimiento cuando nos abrían y nos marchábamos con lo que nos dieran: víveres, golosinas, plata. Después, todo se repartía entre losmiembros de laprocesiónenpartes iguales. Siempre había algunos adultos para cautelar que la reparti- ción fuera justa. Recuerdo haberme ido saltando de felicidad ami casa con una papa y cien pesos en lamano. Buscando información sobre esta Fiesta de la Cruz de Mayo, me encontré con que tiene su origen en los tiempos de la Conquista. Vaya uno a saber cómo es que se perpetuó hasta el Coronel de la década de los 90. El otro evento ocurría en febrero: el Día de la Chaya. Un día de vacaciones —nunca sabía cuál—, los niños nos des- pertábamos temprano, nos poníamos nuestra peor ropa y la más liviana, y salíamos a pata pelada o con hawaianas, con baldes, tiestos y ollas en lasmanos. Los llenábamos con agua y corríamos buscando otros niños o adultos despistados que hubieran salido a comprar el pan para mojarlos; daba igual si eran señoras o caballeros. Nosmojábamos entre nosotros, nos conociéramos o no, y a cualquiera que se cruzara por nuestro camino. Teníamos una lucha de agua encarnizada columna hauntología personal Los ritos de tocar y ser tocado que envolvían las tradiciones locales se han perdido en unmundo de pantallas, distancia y descon- fianza. Se comparte la vida íntima en las redes, pero no llegamos a conocer realmen- te al otro, porque no se le toca. Hoy solo queda la nostalgia, ese fantasma del pasado que se niega a morir. greta montero Escritora, profesora y doctora en literatura por la Universidad de Chile. Ha publicado Un día quemaré sus castillos (2022), Yo no soy esa (2023) y Gruñona (2024), entre otros libros. 43

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