Palabra Pública N°36 noviembre - diciembre 2025 - Universidad de Chile
columna H e tocado muchos libros. Pienso, por ejemplo, en el más antiguo de todos. Fue impreso hace cua- trocientos setenta y un años (en vez de citar la fecha, aproveché la ocasión para hacer un poco de gimnasia cerebral y calculé su edad en la mente). Fui a buscarlohaceunos quince años a laHispanic SocietyofAme- rica en Nueva York. Al llegar a la biblioteca, me preguntaron si no prefería consultar una edición facsimilar y dije que no, porqueme interesaba analizar el grueso del papel y las carac- terísticas de la encuadernación. Mentiras. La verdad era más simple y fetichista: yo quería tocar un ejemplar antiguo del Lazarillo de Tormes , una novela queme fascina por sumoder- nidad precoz, su buen humor y sus muchos enigmas: ¿quién la escribió, qué fue de la edición príncipe (ninguna de las tres ediciones antiguas que conocemos puede ser laprimera), qué tanto sabía Lázaro, el protagonista narrador, sobre la relación entre su esposa y el arcipreste? Yo esperaba que tocar el libro meacercaraa laverdadporciencia infusa.Eseobjeto, impreso encasadeMartínNuncio, habíaviajadodeAmberes aEspaña y había llegado, a través de una cantidad incógnita demanos, a laportentosabibliotecadeManuel PérezdeGuzmányBoza, marqués de Jeréz de los Caballeros, que Archer Huntington, el magnate fundador de la Hispanic Society, había comprado entera en 1902. El pequeño libro, entre otrosmuchosmiles de tesoros, atravesó el océano en el viaje transatlántico quemar- có el final definitivo del Imperio español. Con el libro entre las manos y los ojos anegados de lágrimas (en serio lloré de la emoción) le agradecí al destino que aquel barco no choca- ra con un iceberg y se hundiera en el mar del Norte con más de diezmil libros ymanuscritos. El Lazarillo por fortuna llegó intacto y un siglo después llegué yo a verlo con el fin clandes- tino de tonificarmi devoción por la novela. He tocado libros viejos que nadie había leído, por ejem- plo, un ejemplar de la Descripción de un cuadro de veinte edificios del erudito sacerdote Agustín Rivera, publicado en San Juan de los Lagos, Jalisco, en 1883. Los veinte edi- ficios que el padre Rivera describe con provinciana erudición son tan dispares como la Torre de Babel, que nunca existió, el Templo de Jerusalén, que sí existió, el Pa- lacio del Dux de Venecia, que todavía existe, como pueden atestiguar millones de turistas, y la iglesia del Carmen de Celaya, una parroquia que también existe pero que a casi nadie le importa, pues se ubica en una ciudad muy fea del estado mexicano de Guanajuato. Los conocimientos de Agustín Rivera desbordan su discurso: la segunda nota al pie en el capítulo dedicado a la susodicha iglesia del Car- men dura nueve páginas de apretada letra diminuta. Pero estas curiosidades librescas no son lo más impor- tante en este libro, sino la dedicatoria, escrita en Lagos de Moreno: “A mi muy ilustrado compadre D. José J. Gutié- rrez, administrador de la oficina del Ferrocarril Central, un pequeño obsequio en su día onomástico”. Esta simple de- dicatoria me ayudó a entender detalles fundamentales de la historia de mi familia que no vienen a cuento, pero que ilustran la importancia genealógica de las dedicatorias. Como adelanté, el libro se encuentra en excelente estado, tan bueno que puedo asegurar que nadie, a lo largo de tres generaciones y más de un siglo, lo había leído antes de mí. Cuando Rivera se lo dedicó a su compadre, no se imagina- ba que el bisnieto del administrador central del ferrocarril sería el primero en leerlo con genuino interés. Estamaravi- llosa suerte se debe simplemente a la existencia del objeto, de ese delgado volumen, tan tangible y duradero. Para dedicar un libro hay que tocarlo. Esta obviedad es importante, porque no se pueden dedicar libros electróni- cos ni audiolibros. No se puede escribir en ellos. Uno de los libros seminales de mi vida fue dedicado a mi madre por El papel no muere, envejece con nosotros. En sus márgenes, su polvo y sus dedicatorias sobrevive una versiónmaterial de la memoria, una modesta forma de inmortalidad que ninguna pantalla podrá sustituir. Cada libro heredado o encontrado lleva la huella de una vida anterior, un eco tangible de lo que fuimos. jorge comensal Escritor y editor mexicano. Ha escrito los libros Las mutaciones (2016), Este vacío que hierve (2022) y Materia viva (2024). Desde 2024 es director de la Revista de la Universidad de México . los libros que me tocaron 12
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