Palabra Pública N°33 dic 2024 /ene 2025 - Universidad de Chile

H ay una hormona que puede salvarnos de mo- rir por deshidratación. Se trata, nada menos, del demonizado cortisol, sobre el que hoy existen cientos de videos en redes sociales para aprender a bajarlo por estar involucrado con el ago- tamiento, el aumento de peso y la ansiedad, entre otros. Sin embargo, en la mayoría de los casos, puede no ser el culpable. El cortisol es la hormona que permite que el cuerpo regule desde el metabolismo hasta el sueño, pero es más conocida por encargarse de manejar el estrés fisiológico, ya que ayuda al organismo a responder ante las amenazas, como, por ejemplo, la falta de hidratación. “Sin cortisol nos morimos, por lo tanto, el cortisol alto no es malo. Lo es solo cuando no debería estar alto”, indica Claudia Campu- sano, presidenta de la Sociedad Chilena de Endocrinología y Diabetes (soched). Ante un ayuno prolongado, por ejemplo, el cortisol sube para mantener la presión más alta y el azúcar normal en la sangre, impidiendo un desmayo hasta que se pueda tomar agua y comer. “Las hormonas no son buenas o malas, están apropiadas o no para el mo- mento, y el cortisol no es un demonio”, agrega Campusa- no. Es una hormona de alerta, y aunque su nivel alto puede ser señal de una enfermedad (como la de Cushing), en lama- yoría de los casos no lo es. Pero es tan sensible que incluso el ayuno o un pinchazo para un análisis de sangre puede hacer que suba como respuesta al estrés del momento, lo que indica que, en realidad, está haciendo bien su trabajo, explica la endocrinóloga. Así como el cortisol, las hormonas están involucradas en situaciones tan habituales como respirar. Son peque- ñas, pero tienen el poder de poner orden o desatar el caos en el organismo. Como encargadas de llamar a la acción a tejidos y órga- nos (para que estos cumplan sus funciones), son vitales para el crecimiento, el desarrollo sexual y el estado de ánimo. Trabajan las 24 horas, todos los días, desde distin- tas partes del cuerpo, donde se han identificado más de 50 de ellas. Son secretadas en la hipófisis, el hipotálamo, la tiroides, las glándulas suprarrenales, el páncreas, las aurículas del corazón, los ovarios y los testículos. Pero tienen fama de ser las malas de la película, ya que suelen estar donde hay conflictos, sobre todo relacionados con las mujeres. Por eso, fácilmente son protagonistas de te- mas de salud de moda. Algo que no se puede negar es que son expertas en provocar cambios. Antes de nacer, la hormona antimülle- riana (amh) ya está haciendo su trabajo para producir la diferenciación sexual del feto, por ejemplo. “Son las hor- monas las que regulan y llevan a cabo la diferenciación de los tejidos determinados por el género. Si las hormonas no están o existen fallas en los receptores hormonales, la diferenciación no se producirá”, explica el endocrinólogo Rafael Ríos, académico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile. También hay hormonas involucradas en el proceso de producir las contracciones durante el parto, para indu- cir la lactancia y permitir el crecimiento, pero la primera revolución hormonal de la que somos conscientes se pre- senta entre los 8 y 13 años en las niñas, y entre los 9 y 14 en los niños, con la llegada de la pubertad. Este proceso natural marca el inicio de la adolescencia y trae cambios influenciados por la irrupción de las hormonas sexuales, que despiertan a ovarios y testículos para que comiencen a producir óvulos y espermatozoides. Es el momento en que el ser humano obtiene la capacidad de reproducirse y también cuando llega a su tamaño final. Y como todo mo- mento de transformación, puede ser caótico. “En términos de crecimien- to, hombres y mujeres somos iguales hasta que empiezan a aparecer las hormonas sexuales. Ahí nos diferencia- mos, tanto en los momentos y en las edades de llegada de la pubertad”, señala Claudia Campusano. Las mujeres tienen la pu- bertad un poco antes que los hombres: su desarrollo físico se produce primero y el peak de crecimiento también, por lo que terminan con un tamaño casi adulto en esta etapa, agrega. Además, tienen su primera menstruación y, con ello, llegan nuevos dolores y oscilaciones en el estado de ánimo, que se quedarán gran parte de la vida. “En los hombres no es tan agudo. Es lento, y hasta como los 18 años empiezan a adquirir cuerpo de hombre; les sale vello corporal, les crecen los genitales, empiezan a tener musculatura más masculina. Pero no pasa en un tiempo corto”, explica la endocrinóloga. La misma diferencia en la velocidad y rudeza del cam- bio ocurre en la etapa en que el cuerpo deja de secretar las hormonas sexuales. En los hombres, la disminución es paulatina. La andropausia, a diferencia de la menopausia, no marca el hito en que se acaba la producción de la hor- mona sexual masculina; de hecho, la testosterona nunca llega a cero, indica Campusano. El proceso, en realidad, es llamado declinación androgénica de los adultos mayores, y es más común entre los 60 y 70 años. Pero en las mujeres, de acuerdo al Grupo Colaborador para la Investigación del Climaterio en América Latina (redlinc), la edad promedio en que llega la menopausia —al menos en esta región del mundo— es a los 49 años. Depende, no obstante, de la edad en que la madre y/o her- manas la hayan tenido. Todas, sin embargo, pasarán por “[Las hormonas] tienen fama de ser las malas de la película, ya que suelen estar donde hay conflictos, sobre todo relacionados con las mujeres. Por eso, fácilmente son protagonistas de temas de salud de moda”. 45

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