Palabra Pública N°33 dic 2024 /ene 2025 - Universidad de Chile

landia” lo puede ver ahí, nítido. Speranza escribe: “La imagen sorprende, enseguida maravilla y después con- mueve. Un modelo matemático basado en la proporción áurea —fruto perfecto del intelecto humano— se funde imperceptiblemente con la majestad de los abetos que crecen tenaces en la cantera de grava”. Es por esto que Graciela Speranza nunca baja la guardia cuando entra a un museo o una galería, pues sabe que ahí dentro puede estar la respuesta quizá a algunas de esas preguntas que la acechan —a ella y a nosotros— acerca de lo que está pasando en el mundo. Y esas preguntas a veces también son afectivas, pues lo que encuentra den- tro de un museo puede ayudarla a resolver eso. La alegría de lo inesperado. Estuvo en Santiago en noviembre, donde dio una confe- rencia en la Universidad Diego Portales y se tomó el tiempo de visitar museos y galerías para dejarse sorprender. Reco- rrió la muestra de Eugenio Dittborn en la Galería d21 y se sentó una tarde, en un café en Providencia, a hablar sobre su trabajo como crítica —de arte, de literatura—, que lleva ejerciendo hace tantos años, en un campo cultural como es el argentino, donde palabras como discusión o conflicto son parte del día a día. Ella lo sabe desde que publicó sus primeros ensayos — Guillermo Kuitca. Obras 1982-1998 (1998) y Manuel Puig. Después del fin de la literatura (2000)—, pero esta conversación empieza con un libro anterior a todo eso. Arriba de la mesa de ese café, ella mira un ejemplar de Primera persona. Conversacio- nes con quince narradores argentinos , un libro que publicó en 1995 y que le permitió entrevistar a algunos de los escrito- res que hoy son parte del canon, pero que en ese entonces eran una apuesta: César Aira, Ricardo Piglia, Juan José Saer, Sylvia Molloy, Fogwill, Hebe Uhart, David Viñas, Alberto Laiseca yMarcelo Cohen, entre otros. Un libro que también le permitió conocer a ese escritor extraordinario que fue Cohen y de quien se enamoró y con quien fundó la revista de crítica Otra parte , que en sus primeros años era en papel y ahora es una revista digital que mantiene vivo un espacio para la discusión. Uno en el que se mezclan las ideas, los conflictos y el entusiasmo. Quizá se podría definir el trabajo del crítico como el de alguien que se enfrenta al conflicto en distintos niveles y a través de distintas estrategias. En ese sen- tido, creo que algo que atraviesa su trabajo desde sus primeros textos hasta hoy es el entusiasmo, el en- tusiasmo como una forma de enfrentar el conflicto. ¿Cómo ve usted esa relación entre crítica, conflicto y entusiasmo? —Me parece que esa centralidad del entusiasmo como estrategia crítica es capital. Y me alegra que lo señales, porque me reconozco en ese rasgo. A veces incluso me avergüenza un poco y temo convertirme en “una entusias- ta profesional” (se ríe). En la literatura, pero sobre todo en el arte, porque quizás aparece ahí una figura antagónica más clara. Es el “enemigo militante del arte contemporá- neo”, que dice que el arte es cualquier cosa, que lo puede hacer cualquiera, frente al que acepto ser: la “entusiasta profesional del arte contemporáneo”. Leer algo que no ha- bía leído antes, o ver algo que muestra el arte que nunca antes vi, es algo que siempre agradezco porque siento que mi experiencia se amplía. El arte y la literatura extrañan el mundo cotidiano, invitan a ver más y mejor. ¿Cómo no agradecer esa especie de éxtasis? Claro, primero viene ese asombro y luego… —Inmediatamente quiero razonarlo y en seguida compartirlo como otra forma del agradecimiento. Y de en- tusiasta profesional me convierto a veces en una especie de evangelista (se ríe). Escribe en la revista, pero también publica libros y da clases (en la Universidad Torcuato Di Tella). ¿En esos otros espacios cómo funciona el entusiasmo? —También en el ensayo el entusiasmo es el motor. En Cronografías escribí más de cincuenta páginas llevada por la conmoción de The Clock , de Christian Marclay, una obra maestra de nuestro siglo que dura 24 horas. En las clases, creo modestamente que tam- bién consigo transmitirlo. En el Programa de Artes de Di Tella doy un seminario para artistas, los invito a leermucho y a discutir ensayos teóricos y críticos. No es una tarea fá- cil con los artistas, pero tengo mis trucos que casi siempre resultan. Promociono cada texto, “el Foucault más transpa- rente que podrán encontrar”, “un clásico que todo artista debe leer”, y hay una frase que nunca falla: “Conozco pocos buenos artistas que no sean buenos lectores”. Al final del curso, lo agradecen. Siempre está, como un hilo conductor, la ilusión de transmitir y razonar la conmoción queme pro- dujeron esas obras, esas lecturas, pero también la confianza en que el arte y la literatura ayudan a ver lo que no vemos del mundo contemporáneo. Y a veces, claro, el entusiasmo dispara también el debate crítico. Es como pensar que puede haber entusiasmo en el conflicto mismo, ¿no? Usted cita una larga discusión que tuvieron Enzo Traverso y Georges Didi-Huberman hace un tiempo en el diario digital francés aoc . —Totalmente. Disfruté muchísimo ese debate, la argu- mentación de cada uno defendiendo sus ideas en un ida y vuelta, en posiciones cada vez más irreconciliables, du- rante meses y muchas, muchas páginas. Argumentar el entusiasmo es un gran disparador de la crítica para mí. El 99%de lo que he escrito es producto de ese impulso. Tam- bién he escrito reseñas negativas, pero si no me equivoco, ¡solo un par! Como te decía, no es el único, porque tam- “El arte y la literatura extrañan el mundo cotidiano, invitan a ver más y mejor. ¿Cómo no agradecer esa especie de éxtasis?”. 28

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