Palabra Pública N°33 dic 2024 /ene 2025 - Universidad de Chile
las cualidades diferenciadoras de lasmujeres, que contribui- ríandesde sus particularidades identitarias almejoramiento social y, en este caso, a la superación de las guerras. Gabriela Mistral fue una de las grandes defensoras de las cualidades distintivas del sexo femenino. “Yo no creo hasta hoy en la igualdad mental de los sexos”, decía en 1927. Contraria a un feminismo igualitarista, defendía la naturaleza de las mujeres y su valorización social. Su idea de la feminidad se asociaba a la capacidad de ser ma- dres, atributo que, según ella, las dispone para el amor y la paz: “El corazón materno es por esencia el constructor de la paz. En él no cabe el odio que destruye”; “En la mujer hay una urgencia de sanar al mundo. Por eso es ella quien recoge a los hijos de la guerra, quien sutura las heridas y quien, con su paciencia, reconstruye lo perdido”. La poeta criticó con dureza a los sistemas totalitarios y las guerras de la primera mitad del siglo xx, y cuestio- nó las bases estructurales y culturales de una sociedad aquejada por lo que ella consideraba una crisis de des- humanización. Lamentaba la violencia que surgía de un sistema establecido desde pulsiones masculinas, y en su opinión, las guerras y conflictos eran consecuencia de una generación educada en un ethos masculino y bárbaro, que ordenaba a la sociedad en lógicas de fuerza y poder, y que formaba a la juventud con un enfoque utilitario, in- dividualista y materialista. La solución, creía, pasaba por promover una educación humanista y en clave femenina. Hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, Mistral decía: “La paz no es un lujo de los poderosos, sino una tarea urgente que comienza con las manos de las mujeres. Ellas enseñan a los niños que no se combate al hermano y que se ama la tierra compartida”. Su llamado invita a superar la victimización tradicional de las muje- res ante la guerra para posicionarse ante el conflicto desde nuevas lógicas de lucha y poder. Es paradójico que, en una época como el presente, que cuestiona los estereotipos de género, persista la noción de que las mujeres tenemos una inclinación hacia la paz. Sin embargo, se trata de una idea que puede leerse también como una reivindicación y desafío. La insistencia en atri- buirnos una vocación de paz puede interpretarse como un eco de las mismas construcciones culturales que histórica- mente marginaron a las mujeres de los espacios políticos. Más que esencializar esta conexión, habría que reconocer que las características asociadas al cuidado y la construcción de la paz no deben ser exclusivas de un género. El desafío consiste en trasladar estos valores, atribuidos usualmen- te a la feminidad, al ámbito de una ética política y cultural humanista —sin distinción sexual— que supere las lógicas tradicionales de poder y confrontación, para priorizar la coo- peraciónsobre la fuerza. Esa transformaciónsigue siendoun imperativo contemporáneo, no para perpetuar distinciones de género, sino para erradicar las dinámicas que hacen de la guerra una constante en la historia de la humanidad. Jóvenes libanesas, miembros del partido falangista Kataeb, entrenan poco antes del estallido de la guerra civil de abril de 1975. Crédito: Erich Stering/Scanpix Sweden/afp 15
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