Palabra Pública N°32 sept - oct 2024 - Universidad de Chile

E n 2020, durante la pandemia, un estudio pu- blicado en la revista científica British Journal of Psychiatry proponía una idea curiosa. La salud mental era motivo de preocupación en todo el mundo: los casos de ansiedad, depresión y estrés se habían disparado y organismos internacionales alertaban sobre un posible aumento en la tasa de suicidios. En ese escenario, un grupo de expertos propuso añadir litio al agua potable. Empleado como tratamiento para el trastorno bipolar, el li- tio podía ser la solución para “reducir el riesgo de suicidio y posiblemente ayudar a estabilizar el estado de ánimo” de la población, señalaba el estudio. La idea no era nueva. El artículo se trataba más bien de una revisión de investigaciones previas sobre el tema. Sin embargo, su difusión en distintos medios de comunicación sirve para ilustrar un fenómeno cada vez más recurrente: el consumo generalizado de psi- cofármacos, “sustancias químicas que actúan sobre el sistema nervioso central y que se usan para el trata- miento de trastornos de salud mental”, según el Servicio Nacional para la Prevención y Rehabilitación del Consu- mo de Drogas y Alcohol. Se clasifican en cinco grupos: antidepresivos, ansiolíticos, hipnóticos (o somníferos), estabilizadores de ánimo y antipsicóticos. Uno de ellos, el Valium (diazepam), fue uno de los medicamentos más recetados en las últimas décadas en el mundo. Cuando salió al mercado, se hizo tan famoso que incluso los Ro- lling Stones le dedicaron una canción. Forman parte de la rutina diaria de millones de perso- nas, ocupan un lugar privilegiado en las estanterías de las farmacias y alimentan una de las industrias más lu- crativas del planeta. No solo se recetan a pacientes con trastornos neuropsiquiátricos, sino que también se usan en situaciones comunes, como atravesar un duelo, me- jorar el rendimiento académico o conciliar el sueño. “La farmacología es una solución rápida y fácil a problemas que no es muy claro dónde se alojan y en qué consisten”, explica Andrea Kottow, ensayista y académica de la Uni- versidad Adolfo Ibáñez. En Chile, son los segundos medicamentos de mayor consumo, según el Departamento de Economía de la Salud (desal) del Ministerio de Salud. Otras cifras re- velan, además, que el país se ubica entre los 10 primeros de la ocde en cuanto al consumo de antidepresivos, con un promedio de 94,3 dosis diarias por cada mil habitan- tes. “La aplicación correcta de los psicofármacos debe ser aquella guiada por la medicina basada en la eviden- cia. Para una depresión leve, por ejemplo, no se requiere medicamentos, sino psicoterapia”, aclara Pablo Salinas, director del Departamento de Psiquiatría y Salud Men- tal de la Universidad de Chile. En este contexto, vale preguntarse: ¿en qué momento los psicofármacos pasaron a formar parte de la rutina dia- ria de tantas personas? La era de los psicofármacos | En un principio fue la clorpromazina. Descubierta en Francia en los años cin- cuenta, fue el primer tratamiento farmacológico para la esquizofrenia. Su éxito estimuló el desarrollo de otras drogas psicotrópicas e instauró una nueva forma de concebir las enfermedades mentales, basada en la quí- mica del cerebro. “¿Por qué se dice que revolucionó la psiquiatría? Porque los pacientes, ahora calmos y ador- mecidos, podían empezar a ser tratados fuera de las instituciones psiquiátricas”, explica la filósofa argen- tina Sandra Caponi, autora de Política, psicofármacos y vida cotidiana (2024). En paralelo, las compañías farmacéuticas buscaban desarrollar nuevos sedantes, debido a los efectos ad- versos que producían los barbitúricos. Así nacieron los ansiolíticos, también llamados tranquilizantes meno- res. Estas “píldoras de la felicidad”, como se conocían popularmente, tenían la ventaja sobre la clorpromazina de que servían para tratar problemas más cotidia- nos como la ansiedad. El primero de ellos, el Miltown (meprobamato), fue lanzado en 1955 y se convirtió rá- pidamente en el medicamento más vendido de Estados Unidos. Como afirma el historiador David Herzberg en Happy Pills in America: From Miltown to Prozac (2009), el destino de la psicofarmacología ha estado íntimamen- te relacionado con la historia de ese país. El éxito del Miltown no solo se debió a una campaña de marketing agresiva, sino a la epidemia de ansiedad que vivía la so- ciedad estadounidense de la posguerra. “[La medicalización] es transformar los sufrimientos del día a día en problemas médicos, lo que ha con- ducido a un consumo de psicofármacos excesivo y naturalizado, sin considerar sus efectos adversos”, explica Sandra Caponi. 42

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