Palabra Pública N°16 2019 - Universidad de Chile

no se avizoraba en el corto plazo. Su resultado más inmediato es que desde ahora se habla, aquí y en el mundo, de algo que parecía imposible: la crisis del neoliberalismo chileno. Una crisis profunda de legitimidad, producida por el sufrimiento social que genera el alto costo que pagamos cada día para asegurar la ganancia estratosférica del empresariado local y extranjero. Las jornadas de protesta que co- menzaron el 18 de octubre en Santia- go y que a las pocas horas se expandie- ron al resto del país han significado el despliegue de una insurgencia pocas veces vista en Chile, donde una he- terogeneidad de acciones han estado dirigidas por un sentimiento compar- tido de que es urgente interrumpir esa normalidad que, como señalan los numerosos grafitis que hoy rees- criben nuestras ciudades, constituye el problema. Entre las cuestiones que más han sorprendido, o al menos eso me ha pasado a mí, está la rápida vincula- ción de todos los problemas puntua- les con un orden social sustentado en la desigualdad. Allí radica la con- dición política de este movimiento, también su racionalidad. Como parte de ese diagnóstico colectivo surge con fuerza una dimensión temporal que se resume en las consignas “No son 30 pesos, son 30 años”, que alude al período de la posdictadura; “No son 30 pesos, son 46 años”, en referencia al hecho fundante de este tipo de ca- pitalismo que fue el golpe cívico-mi- litar de 1973; y la aún más profunda “No son 30 pesos, son 500 años”, para incluir la usurpación como lógi- ca de un funcionamiento social que se reformula a través de la historia y cuyas primeras víctimas fueron los pueblos indígenas. Esta densidad histórica concede sentido a las distintas acciones que han interferido el orden público. En ellas se asume la propiedad co- lectiva de lo que ha sido arrebatado, partiendo por las calles de ciudades cuya forma reproduce la exclusión aberrante que ese orden público res- guarda. Evasiones masivas del pago del metro, apropiación de sus esta- ciones, marchas, barricadas, grafitis, destrucción de símbolos del poder económico y derribamiento de es- tatuas, son intervenciones que, en conjunto, permiten al observador y observadora acceder a un relato he- terogéneo, pero relato al fin, de este malestar y sus expectativas. El derribamiento de estatuas merece una atención especial, pues se trata de una de las acciones más potentes e impensadas en este oa- sis del neoliberalismo (ocupando la metáfora del Presidente). Esa po- tencia radica en su capacidad para perturbar el guión autoritario de la construcción nacional, embistiendo su despliegue urbano donde calles, plazas y monumentos reivindican de manera ostentosa una genealogía invasora y patriarcal. La historia de nuestros monumentos es la histo- ria de un Estado nacional que se ha construido de espaldas a sus habitan- tes, respaldado por un autoritarismo que ha sido eficiente en ahogar las tentativas de apertura. Son también el símbolo de una estabilidad institu- cional excluyente y represiva, de allí su obsesión con los conquistadores europeos así como con el ejército y la policía del período republicano. No deja de ser poético entonces el gesto de hacer caer en cuestión de horas a Cristóbal Colón (Arica), Francisco de Aguirre (La Serena), Pedro de Valdivia (Temuco, Valdivia), Gar- cía Hurtado de Mendoza (Cañete), Cornelio Saavedra (Temuco), Diego Portales (Temuco), así como mo- numentos a carabineros y militares (Santiago). Un ajuste de cuentas no sólo con el pasado sino con el pre- sente que admite la conmemoración del saqueo y la violencia, eso que los movimientos indígenas no se han cansado de nombrar y denunciar como continuidad colonial. A la caída de estas estatuas se con- trapone el levantamiento de símbolos impensables desde los códigos solem- nes de las historias patrias, como la bandera de un pueblo oprimido en igual línea de tiempo —la Wenufo- ye o bandera mapuche—, o un perro mestizo, fallecido hace dos años y que era conocido por acompañar las ma- nifestaciones estudiantiles y atacar a “El estallido nos ha dejado estupefactos frente a una capacidad de indignación y movilización nacional que no se avizoraba en el corto plazo. Su resultado más inmediato es que desde ahora se habla de algo que parecía imposible: la crisis del neoliberalismo chileno”. 36

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