Antología de Andrés Bello

mino, hallamos exagerado y repugnante el cuadro que nos pone a la vista. De un orden muy superior es El Cid representado el do- mingo ultimo. Esta pieza hace kpoca en 10s anales del teatro franc&. En el Cid, primera tragedia regular que vi0 la Francia, y aim puede decirse la Europa moderna, el gran Corneille se elev6 de repente a1 nivel de lo mBs bello que en este gCnero nos ha dejado la antigiiedad clBsica, y aun en sentir de mu- chos, la dej6 atr8s. Es verdad que Corneille debi6 a dos come- dias espafiolas (El Honrador de su Padre, de Diamante, y El Cid, de GuillCn de Castro) no s610 toda la acci6n de la pieza, casi lance por lance, sin0 algunos de 10s mBs hermosos rasgos de pundonor caballeresco y de sensibilidad que la adornan. Per0 tambikn es justo decir que en las composiciones espafiolas de que se valio, no se descubre mhs que el embri6n de la lucha sostenida de afectos, con que nos embelesa y arrebata Corneille, y ante la cual todas las otras bellezas del arte, corn0 dice su sabio comentador, no son mBs que bellezas inanimadas. A ella se debio sin duda el suceso, hasta entonces nunca visto, que t w o en Paris esta tragedia, no obstante la oposici6n formida- ble de un partido literario a cuya cabeza estaba el cardenal Richelieu. Y no se limit6 su celebridad a la Francia: el autor tuvo la satisfacci6n de verla traducida en casi todas las lenguas de Europa. Richelieu, que azuzaba a 10s Cmulos de Corneille, y excito a la Academia Francesa a escribir la ceasura del Cid, vi0 esta pieza con 10s ojos de un primer ministro, que creia tener mo- tivo para desfaliorecer el autor. Pero no por eso le retir6 la pension que le habia dado. Richelieu, en medio de 10s impor- tantes negocios de una administracidn, que tanto peso tenia ya en la politica de Europa, Richelieu, blanco de las facciones que agitaban la Francia y de las intrigas de palacio, protegia con munilicencia las letras, ha l l ah tiempo para cultivarlas 61 mis- mo, y contribuy6 110 poco a la formacion del teatro francds. Los preocupados que entre nosotros condenan el teatro, sin co- nocerlo, debieron tener presente el ejemplo de este cardenal mi- nistro. No terminaremos este articulo sin dar un justo tributo de alabanza a1 celo de 10s empresarios que han hecho inejoras tan considerables en nuestra escena. Acaso en ninguna temporada antes de la presente se nos ha dado una serie de composiciones dramBticas m8s escogidas ni mejor ejecutadas. CBceres, Moreno y Pezo desempexiaron admirablemente sus papeles en El Juga- dor; sefialaremos, como una de las que nos yarecieron m8s fe- lices por la ejecucibn, la escena terrible de la maldici6n del pa- dre moribund0 al fin de la primera jornada; y las angustias y 105

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