Judith Butler en Chile y en la Chile
84 – – 85 una libertad para vivir sin miedo, para desear y amar a quien queramos, para hacer con nuestros cuerpos lo que sintamos que debemos hacer. A menudo se me pregunta mi opinión sobre el trabajo sexual. Básicamente, creo que los trabajadores sexuales deberían poder hacer su trabajo sin la amenaza de la violencia y deberían poder tener asistencia médica, que necesitan pensiones y jubilación. Hablo de condiciones dignas para trabajadores sexuales y creo que esto es mucho más importante que cualquier cuestionamiento moral. Yo creo absolutamente necesario que quienes trabajamos en las universida- des, sobre todo en las universidades públicas –y yo lo hago–, experimentemos con diferentes tipos de discursos que nos permitan salir de los muros de la universidad para formar parte de las comunidades y sus luchas cuando es- tas buscan proteger los derechos de los migrantes o se pronuncian contra la violencia hacia las mujeres y las minorías sexuales. Los que estamos dentro pero también fuera de la academia, sabemos que no les hablamos a todos de la misma manera en que lo hacemos cuando estamos enseñando a Hegel a nuestros estudiantes. Es cierto que existe una contradicción cuando a mí me dicen a menudo que mi trabajo es demasiado oscuro y, al mismo tiempo, me señalan que su impacto en lo público es muy peligroso. Lo que más me intere- sa es que la gente venga a mí para decir “me costó leer este libro, luché contra este libro, pero valió la pena”. ¿Por qué? Porque ofrecería una versión de la realidad que no es la que repite el sentido común. El pensamiento crítico sirve para pensar el mundo de manera diferente, poniendo en duda lo que se re- pite como lo naturalmente aceptado. Hacer esto, combatir el sentido común, implica muchas veces no satisfacer inmediatamente las demandas del con- sumidor que pide simplicidad y rapidez en la entrega del mensaje. Tampoco hay que subvalorar como menos inteligente a la gente que presumimos más alejada del lenguaje difícil o complejo. La teoría puede comenzar también con preguntas simplemente referidas a lo cotidiano o lo público: ¿por qué se trabaja por estos sueldos tan mínimos? ¿Por qué mi país está organizado de esta determinada manera? ¿Por qué algunas personas son mucho más ricas que otras? ¿Por qué padecemos tantas formas de violencia? Son cuestiones filosóficas, teóricas. Son cuestiones históricas. Esas son las preguntas que sur- gen del mundo popular, de las manifestaciones ciudadanas. Y la tarea de las universidades es responder a estas preguntas, aunque no sea la universidad la que las formula sino sus estudiantes y las comunidades que los rodean.
Made with FlippingBook
RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=