Judith Butler en Chile y en la Chile

60 – – 61 Complementariamente, se constituirá un polo cul- tural que incluiría al CEAC y a VM39 en torno a Pla- za Italia, dicho sea de paso, un referente geográfico y social emblemático como ninguno. Se refuerza así un sello distintivo que nos enorgullece y que nos otorgan nuestra Orquesta, Ballet, Coro, Teatro, Museo de Arte Contemporáneo, MAPA y ahora la Plataforma Cultural. Entre las actividades de vinculación que la Vice- rrectoría de Extensión y Comunicaciones ha lleva- do a cabo a lo largo Chile, queremos agregar una gran actividad cultural en noviembre en torno a Plaza Italia. Notamos en nuestra comunidad un progresivo afán de integración y un sentido de pertenencia institucional más amplio, que deben reflejarse en estructuras flexibles que permitan potenciar accio- nes en torno a los grandes proyectos, como Carén, el Núcleo de Ciudadanía y el polo cultural. También debemos coordinarnos y potenciarnos en torno a nuestros medios de comunicación, entre los que pronto contaremos con un canal de televisión. El reciente debate legislativo sobre educación su- perior tuvo, y ello no resulta sorprendente, más el carácter de un tironeo entre stakeholders , léase uni- versidades, dueños de universidades, grupos ideo- lógicos o Tribunal Constitucional; que el carácter de un análisis de las necesidades del país en su conjunto en materia de formación de profesiona- les, investigación y vinculación con el medio. Sin embargo, hubo logros muy importantes, como la gratuidad con sus implicancias éticas y la confor- mación de un Consejo Coordinador de Universida- des Estatales. Hoy tenemos una oportunidad única de invitar al país a conversar sobre universidades. Esta conver- sación ha de tener dos dimensiones: una valorati- va y conceptual: ¿para qué queremos universida- des? Otra empírica y factual: ¿qué ha ocurrido de verdad con la educación superior chilena? La opinión pública, especialmente los jóvenes estudiantes y sus familias, tienen derecho a co- nocer los datos reales. Las respuestas concretas a preguntas como ¿hay intereses económicos de- trás del debate sobre educación superior? ¿Cómo ha funcionado el sistema de acreditación en Chi- le? ¿Ha influido en él el vínculo entre acreditación y financiamiento? ¿Cuáles son las consecuencias económicas detrás de la aprobación o rechazo de la gratuidad? ¿Y detrás del CAE y de los sis- temas que eventualmente lo reemplazarían? ¿El voucher representa un derecho de los estudian- tes a elegir universidad o de las universidades a recibir financiamiento? ¿No es esta, literalmente, una moneda de dos caras? ¿Cuánto dinero fluye por las instituciones de educación superior y cuál es su destino real? ¿Cuáles son las universidades que los estudiantes prefieren según lo indican ob- jetivamente las postulaciones de ingreso? ¿Qué porcentaje de alumnos se gradúa de cada tipo de universidad? ¿Es aceptable que el voucher sea el método para asignar recursos a las universidades públicas? ¿No es infinitamente más congruente que haya fondos basales discutidos y acordados con el Estado y los gobiernos regionales que provean recursos confor- me a las necesidades de formación profesional e investigación pertinentes? Estas no son acusaciones, son preguntas que pue- den y deben ser contestadas. Hay una que nos pre- ocupa muy especialmente: ¿no habremos estado por mucho tiempo en Chile obligando a jóvenes, en su mayoría vulnerables, a endeudarse para in- gresar a las universidades que ellos no prefieren, para seguir carreras de las cuales probablemente no egresarán y si lo hacen será con títulos de pro- fesiones que no tendrán una posibilidad real de ejercer? Esto es demasiado importante. Aquí no cabe la arrogancia ni el dogmatismo, hay que conversar li- bremente. Aprendamos de Judith Butler a siempre dejar la opción de que lo que hoy consideramos una verdad autoevidente, un orden natural, pueda más bien ser un prejuicio impuesto e infundado. El origen y la perpetuación del prejuicio puede dar- se en una perspectiva tanto de incontables siglos como de unas pocas décadas. Y no lo percibimos porque para percibirlo necesitaríamos un sistema receptor e integrador intelectual que nos ha sido negado. Este es un gran momento para dar vida a la univer- sidad pública, aquella que pluralista, laica, demo- crática e inclusiva se debe al progreso y a la cohe- sión del país en su conjunto.

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