Judith Butler en Chile y en la Chile

INAUGURACIÓN DEL CENTRO INTERDISCIPLINARIO DE ESTUDIOS EN FILOSOFÍA, ARTES Y HUMANIDADES estamos preguntando qué clase de futuro puede imaginarse, y también estamos suponiendo que los futuros son imaginables. Una vez que pregun- tamos cómo se imagina el futuro o a través de qué medios o por qué formas, estamos ya en la escena de las humanidades, de su tarea básica y de su al- cance. Quizás la pregunta de cómo podemos ima- ginar el futuro de las humanidades se convierte en otra pregunta: ¿cómo pueden las humanidades imaginar el futuro? ¿Están las humanidades abo- cadas a la tarea de imaginar el futuro, y deberían estarlo? ¿Es esa una de sus obligaciones sociales básicas, una que idealmente debería ser realizada al interior de la universidad? ¿O es una pregunta que viene de la vida fuera de la universidad, que se registra al interior de sus muros y viene a rede- finir los muros de la universidad misma? Pues al plantear la pregunta por el futuro –¿qué se puede imaginar todavía y a través de qué medios?– ad- mitimos que la universidad está enfrentando un momento histórico, que este momento histórico presiona sobre esos muros y exige que la universi- dad abra su mente, por decir así, al mundo público. Una universidad mira hacia dentro y hacia fuera; sus muros son porosos, están perforados por ven- tanas y puertas. Y no importa cuán cerrada busque ser una universidad, sus propósitos son desafiados por su apertura arquitectónica al mundo público. Cuando imaginamos las humanidades conside- ramos también formas de imaginación, literarias, visuales, digitales, archivísticas, que constituyen el medio y el trabajo de las humanidades. Y si habla- mos de imaginar, no podemos separar las huma- nidades de las artes, porque ambas se co-pertene- cen, sea que pensemos en las artes de la escritura o pensamiento, en la forma del ensayo, que es el modo de comunicación del pensamiento mismo. La forma no es exterior al pensamiento: el pensa- miento requiere una forma que logra en ocasiones y en otras ocasiones, malogra. Quizás pensemos en las humanidades y las artes como dominios au- tónomos, no más que como campos establecidos con locaciones institucionales. Sí, efectivamente pensamos de ese modo, y en un tiempo en que los programas de lenguaje y de literatura son sub-fi- nanciados, eventualmente son clausurados y a veces son fusionados sin la menor consideración de los costos institucionales de la pérdida de au- tonomía, hay muchas razones para afirmar los lo- gros diferentes y autónomos de las humanidades. Y, sin embargo, reflexiones sobre la ciencia, sobre la economía y la política requieren, todas ellas, de las humanidades, de lenguaje e imagen, de unos modos de comunicación y persuasión, unas mane- ras de elaborar los resultados de una investigación, y requieren también traducción en un mundo en el que el inglés se acepta crecientemente como la lengua del mercado, incluido el mercado académi- co. En las humanidades digitales, la pregunta no es meramente cómo la tecnología puede ser útil para los estudios literarios y la historia del arte, aunque esta es una pregunta importante. Pero hay una pregunta que es de corolario, a saber, si lo di- gital y el campo de los datos tiene que ser leído e interpretado con anterioridad a que se lo use. ¿Se presenta simplemente como un instrumento útil o esa misma instrumentalidad tiene que ser de- rivada por medio de actos de interpretación? Mi tesis es que no es posible reemplazar actos de in- terpretación por hechos o datos o evidencias sin interpretar primeramente el campo de la experien- cia sensible . En todos esos campos tenemos que leer para entender, tenemos que escuchar lo que se dice o escuchar el ambiente acústico a fin de registrar lo que está ocurriendo; en otras palabras, tenemos que confiar en los sentidos para conocer, aun si las abstracciones que lleguemos a definir lleven poca huella de sus orígenes sensibles. For- mulemos este planteamiento de una manera to- davía más insistente: aun cuando operemos con formulaciones abstractas y con filosofía abstracta, seguimos siendo cuerpos en el mundo, seguimos prestando atención a lo que se presenta, seguimos siendo receptivos a lo que se comunica. Y esta re- ceptividad tiene un valor que nos dice algo acerca de qué es ser un cuerpo en el mundo, que se es- fuerza por existir; este esfuerzo es parte de la prác- tica del conocimiento. Quienquiera sea el sujeto cognoscente, será algo situado en algún lugar con una historia, con un sentido del tiempo, cargado con el peso del pasado, será alguien que imagina el tiempo futuro. Hay muchos argumentos en contra de las huma- nidades. Se considera que son un lujo y que son inútiles, o que, de algún modo, son propiedad de élites intelectuales. Pero estas visiones no logran entender que las historias nos dan un sentido de cómo las acciones se enlazan con consecuencias, que los poemas desmontan los conceptos habi- tuales que aplicamos en nuestro mundo cotidiano,

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