Cosmografía y otros escritos de divulgación científica

Cosmografía A esta potencia reflectiva de la atmósfera se debe el crepúsculo, es decir, aquella especie de claridad, gradual- mente más viva o más débil, que precede o sigue al apare- cimiento del sol. Cuando precede, se llama también aurora o alba. Por la mañana los rayos del sol iluminan las nubes, las cumbres y cuestas de los montes, las torres y techos, antes de llegar al suelo; y por la tarde esos mismos objetos se nos oscurecen uno en pos de otro; los más bajos primero y sucesivamente los más altos. Esto mismo sucede en las partículas aéreas de que se compone la atmósfera, y cuya elevación sobrepuja a la de las más encumbradas cordille- ras. Recibiendo los rayos del sol, mucho antes que nos- otros, envían a la tierra una claridad tanto más viva cuanto más cercano está el sol al horizonte, y más grande es la masa atmosférica que ilumina. Se sabe por la experiencia que el crepúsculo no es sen- sible cuando el sol está más de 18º debajo del horizonte; bien que algunos astrónomos creen que el de la tarde dura más que el de la mañana, a causa de que la atmósfera se calienta y se levanta por el calor del día; lo que hace que los rayos puedan reflejarse a mayor altura. Otra con- secuencia del mismo principio es que la vislumbre crepus- cular dure menos en el invierno que en el estío, como parecen confirmarlo las observaciones. El círculo crepus- cular colocado a los 18º debajo del horizonte debe, pues, considerarse como un término medio. La oblicuidad de los paralelos de declinación crece con la latitud terrestre; con la oblicuidad de los paral~los, se aumenta el número de grados del arco interceptado entre el horizonte y el círculo crepuscular, y como la duración del crepúsculo es a proporción del número de grados in- terceptados se sigue que, a una misma declinación, es siem- pre más largo el crepúsculo en las latitudes más altas. El mínimo de su duración estará en el ecuador y el máximo en los polos. 94

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