Heroísmo sin alegría

61 t:onocen poco, o menos. Acepto la popula– ridad como las narices. TQmando en cuen– ta que los que nos conocen nos ensucian, porque proyectan su brutalidad, su bes– tialidad sobre nosotros y es a ESO lo que conocen Proclamo mi obra de punta a punta de la audacia. Y aspiro a la gloria del sembra– dor, no a la gloria del campeón, y a la gloria del caki maduro, que es rojo, y que es solo, familiar, y tiene presencias de mun– do en las entrañas. Mi vanidad, como mi di~idad, se basta y toma sentidos de cir– Cl.mferencia. El hombre, como el poema, empieza y termina en sí mismo. ¿ Odio la autoridad ? ¿ Odio la autoridad? No. No la entiendo, no la necesito, no la empleo como existente, la excluyo de la geología y de la astronomía del espíritu. ¿Odio la autoridad.? ¿Quién se atreve a lla– marse el definidor de lo bueno y de lo malo, de todo lo bueno y de todo lo malo? ¿ Quién dice: Yo soy lo infinito? ¿Quién dice: Yo soy lo absoluto? ¿Y no se cae muerto? ¡Y no se cae muerto! El que discierne, como Dios, en el principio de las cosas. ¡ Y no se cae muerto!

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