Nuestros vecinos
El ayer y el mañana de la relación con Perú y Bolivia 425 La llegada de George W. Bush a la Casa Blanca, sumada al impacto del 11-S, fue otra señal adversa de la realidad. Contrariando las buenas intenciones de la Iniciativa para las Américas y el Consenso de Washington, el Presidente norteamericano repuso a América Latina en su viejo lugar subalterno ( in the middle of nowhere , es una buena definición en su idioma), sin perjuicio de algunas discriminaciones positivas. A partir de entonces, la región desde la cual debía hacerse nuestra política exterior, según las tesis del Presidente Lagos de 1993, comenzó una dramática regresión. De eventual socio estratégico de los Estados Unidos, pasó a reconvertirse en zona de vigilancia y eventual confrontación. Agentes secretos y militares de la suporpotencia, que ya estaban operando en otros países, comenzaron a desplegarse alrededor de Bolivia y Venezuela. Paralelamente, apoyado en el petróleo, Hugo Chávez emergió como el líder contestatario más poderoso. Hoy ejerce una importante influencia sobre dirigentes políticos bolivianos, ecuatorianos y peruanos y trata de proyectarse hacia el Mercosur, donde está la gran masa geopolítica de la sub-región. Como reacción lógica, en Washington vuelve a hablarse de ejes izquierdistas o revolucionarios, metiendo en un mismo saco a Fidel Castro, Hugo Chávez, Evo Morales, Tabaré Vásquez, Andrés Manuel López Obrador, Alan García, Ollanta Humala, Daniel Ortega y Shafik Handal (fallecido en febrero de 2006). Sólo a Lagos y Lula se les reconoce respetabilidad de ex izquierdistas o de izquierdistas renovados. Lula, es decir, Brasil, ante las dificultades para que se le reconozca liderazgo en la integración regional, mantiene muy abierta su ventana hacia el gru- po de los 20, que colidera con la India. A Itamaraty no se le escapa que los Estados Unidos enfrentan graves dificultades económicas y que el futuro puede estar con los «gigantes del subdesarrollo», liderados por China. Este nuevo marco es singularmente problemático para Chile, porque, primero, es marginal a los principales organismos de integración regional y, segundo, no ha podido amarrar una alianza verdaderamente estratégica con Brasil, por lo delicado de sus vínculos con Argentina. Por eso, la amenaza recurrente del aislamiento vecinal –la metáfora de Israel- ahora podría coexistir con la incómoda posición del jamón en el sandwich: entre los Estados Unidos y distintos «ejes izquierdistas», que pueden comprender La Habana, Caracas, Buenos Aires y La Paz. Hasta los supremacistas económicos entenderán que esto supone un alza del riesgo-país, puntos menos de crecimiento y la problematización del objetivo «Chile plataforma de inversiones». Si a esto se suma el decaimiento de la economía global, que pronostican algunos expertos, sufriremos un impacto fuerte, correlativo a nuestra gran apertura: crecimiento bajo mínimos, presiones inflacionarias, aumento del desempleo y renacimiento de la lucha entre neokeynesianos y neoliberales. Obvia- mente, este síndrome induciría una fuerte inquietud social y un realineamiento más confrontacional de las fuerzas políticas. Y, como la ley de Murphy nunca falla, es seguro que, justo en esos momentos, los Estados Unidos declararán que Chile es su aliado estratégico extra OTAN. Para enfrentar ese futuro, que está llegando, los chilenos tendríamos que afe- rrarnos al siguiente silogismo:
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