Nuestros vecinos

José Rodríguez Elizondo 424 Durante casi un siglo, pocos formularon la pregunta necesaria: ¿cuán apacible, duradero y económico era el statu quo edificado sobre bases tan precarias? Por cierto, tal pregunta cuestionaba la doctrina de la guerra prevaleciente en el siglo XIX . A mayor abundamiento, tras la segunda guerra mundial comenzó a relacio- narse con el objetivo de una «paz mejor», en los términos planteados por el especia- lista británico H. B. Liddell Hart, en su obra Estrategia: la aproximación indirecta . En los años 70 del siglo pasado, el test decisivo para despejar la interrogante recayó sobre el general Pinochet, cuyo poder político-militar ya superaba el de cualquier gobernante chileno anterior. Colocado ante una encrucijada estratégica, dicho general debió aceptar que el tratado de 1904 con Bolivia era revisable -no era «intangible»-, pues la alternativa era una guerra contra nuestros tres vecinos coaligados. El «abrazo de Charaña» de 1975 mostró, así, tres grietas estratégicas: seguridad nacional debilitada por la carencia de relaciones normales con Bolivia, falta de creatividad para estructurar relaciones de confianza con el Perú y reversibilidad de la estrategia de la disuasión, debido al emergente conflicto del Beagle con Argentina. Entre 1973 y 1978, fuimos nosotros los disuadidos. Cuando la pesadilla de ese ciclo terminó, vino el fin de la guerra fría y el fin de la propia Historia, en los términos planteados por Francis Fukuyama. Entonces, los gobiernos democráticos y las economías de mercado parecieron consolidarse en la región y la sensación de muchos chilenos fue que el statu quo ya podía sostenerse solo. Recompuestas las relaciones con Argentina y el Perú, había que conformarse con la enemistad de Bolivia. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Iniciar debates o negociaciones por cuestiones de soberanía era innecesario o quedaba fuera de foco. Las hipótesis de conflicto se extinguirían, el gasto militar se reduciría y la diploma- cia debía volcarse a las relaciones económicas internacionales. En ese contexto, el regionalismo abierto de la Concertación fue una demostración de inteligencia y realismo. Hasta el gobierno de Frei, funcionó como una estrategia geopolíticamente previsora, que nos anclaba en la región, sin ceder a la ilusión de que la historia había terminado. Desgraciadamente, su propio éxito comenzó a erosionarla. La participación exitosa en «las ligas mayores» trajo la pretensión, legítima, de con- vertirnos en puente para grandes negocios intercontinentales y transoceánicos. Pero, simultáneamente, hizo olvidar que antes debíamos consolidar las bases vecinales de ese puente. Formulariamente dicho, la apertura debilitó al regionalismo. Chile comenzó a apreciar mejor los indicadores económicos a corto plazo que la seguridad a plazo mediano y largo. Esto implicaba concentrarse en los acuerdos de libre comercio, de protección a las inversiones y promoción a las exportaciones y no distraerse en los conflictos con los vecinos ni en la utopía de la integración. Despertamos a la reali- dad con el fiasco del gasoducto para Bolivia instalable en una zona especial chilena, según gestiones iniciadas por los presidentes Ricardo Lagos y Hugo Bánzer. La subsecuente crisis boliviana, con su crispación antichilena y su decisivo link perua- no, vino a recordarnos que la racionalidad no es el factor dominante en las relacio- nes exteriores. El gobierno de Lima intervino abiertamente en la negociación –no para favorecerla– y los sucesivos gobiernos de La Paz –de mejor o peor grado–, subordinaron sus estrategias de desarrollo al objetivo océanopolítico y catalizaron una simpatía vecinal y regional hacia su causa que afectó nuestra imagen global.

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