Nuestros vecinos
Loreto Correa Vera 258 mados suscitados por temas históricos, el referendo jurídico en tratados interna- cionales de aquella realidad histórica ha sido el instrumento principal y preferente por el que ha optado la región para solucionar conflictos declarados o latentes. En el caso de Chile y Bolivia, sin embargo, el tema no es tan simple. No obstante que las relaciones vecinales entre los países de América del Sur en el siglo XXI son cordiales, existen tales tensiones entre algunos estados, que la comunidad inter- nacional, se ve sorprendida y desconcertada. Tal advertencia, ocurrió en la pasada Cum- bre de Monterrey el año 2004, cuando los entonces presidentes Carlos Mesa y Ricardo Lagos, pusieron en apuros al anfitrión del episodio, el Presidente Vicente Fox. Ahora bien, la pregunta que intentaremos responder es: ¿Qué ocurre con Chile y Bolivia que no pueden articular relaciones políticas armónicas que permitan restable- cer las relaciones bilaterales oficiales entre ambos países y de paso fortalecer un obliga- do proceso de cooperación e integración que beneficiaría de paso a toda la región? Y por ello, ¿cómo pueden caracterizarse estas relaciones y qué matices tienen éstas? Durante la segunda mitad del siglo XX, las relaciones chileno peruanas y chile- no bolivianas estuvieron marcadas por la distancia y la desconfianza propias de países que se vieron sujetos a un sistema internacional que articuló relaciones de poder en el marco de la esfera de influencia de la Guerra Fría y la doctrina de seguridad nacional. En ese sentido, una premisa es que el realismo, irradiado a todas las esferas, marca no sólo el quehacer entre los Estados, sino la construcción mental de las relaciones de las cuales se nutren las Cancillerías –en el plano institucional–, los poderes ejecutivos –en la esfera de las decisiones– y sobre todo, los pueblos o las naciones– en el plano de la sociedad misma que admite o no progresos, modificaciones y/o cambios. En los inicios del siglo XXI, las fórmulas de entendimiento y contacto entre las naciones y los Estados, han experimentado cambios notables. En ese sentido el peso histórico, ya sea producto de los resultados de la Transición Política (1990-2005) en el caso de Chile, y el paulatino viraje democrático de Bolivia determinan una relectura del proceso. Hoy tras 100 años de la firma del Tratado de 1904, el centro del tema sigue siendo el mismo: la recuperación de una salida soberana para Bolivia, pero urgen en ese contexto la reanudación de las relaciones diplomáticas para ambos países, la resolución de temas hídricos fronterizos y la propuesta de nuevos ejes de contacto en ámbito vecinal. En suma, el establecimiento de una línea de acción nueva entre entendimiento entre ambos Estados. Cabe destacar que la «maritimización» de las relaciones bilaterales atraviesa estructuras mentales configuradas por las élites bolivianas que ven la pérdida del mar en Bolivia un despojo, frente a una visión chilena predominante que interpreta como una falta de responsabilidad histórica ajena la ratificación de un Tratado en el período de Ismael Montes (Bolivia). Este enfoque histórico central es el que ha generado un nulo espacio de maniobra para el Estado chileno en lo que a la sobera- nía se refiere, y que se complejizó aún más desde su trilaterización con Perú. Una revisión histórica secular nos permite afirmar que sólo en los años 90´ se inicia una cercanía mayor entre los dos países; esto es un mayor conocimiento del «otro», apareciendo en ese contexto demandas de regiones fronterizas por una mayor integración y una superación del sistema centralizador predominante; el
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