Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

86 Así que aprendí a beber sólo agua envasada y a evitar consumir tacos mexicanos en cualquier changarro callejero, por mucho ape- tito que tuviese. Jorge se incorporó entonces al diario Excelsior y yo comencé a colabo- rar en la revista Mañana. Al año arribaron a Ciudad de México mi hija Daniela y su mami, Ana Luisa, maravilladas ante la imponente capital mexicana. Y Jorge reiteraba sus sabios consejos: “No deben beber agua de la llave, ni comer taquitos callejeros…” Así de afectivo fue siempre mi dilecto colega. Apacibles recuerdos, pe- rennes, afloran hoy en mi mente de este entrañable y perpetuo amigo de toda una vida… ¡mi apreciado cuate Jorge Uribe Navarrete!”, remata Francisco Leal. Y el segundo testimonio –y tal vez definitivo– es el de HugoMurialdo: “Mi relación con mi amigo Jorge la podría explicar en tres etapas de nuestras vidas: la primera se refiere, obviamente, a la que vivimos en la Escuela de Periodismo, donde, además de compañeros de cur- so (Generación Mario Planet) establecimos una gran amistad, tanto académica como “extracurricular”. Cabe mencionar, por otra parte, que con Jorge éramos camaradas de partido. La segunda etapa la podría contextualizar a partir del triunfo del doctor Salvador Allende en las elecciones de septiembre de 1970. Una vez que Allende asume la presidencia, Jorge es nombrado subdirector de la OIR (Oficina de Informaciones y Radiodifusión de la Presidencia de la República). Al año siguiente, yo entro a trabajar al Departamen- to de Comunicaciones de INDAP (Instituto Nacional de Desarrollo Agropecuario), motivo por el cual establecimos un nexo profesional como las circunstancias lo ameritaba. En 1972 soy designado secre- tario de prensa del Ministro de Economía, compañero Carlos Matus, por lo que la relación con la OIR y particularmente con Jorge, se hacían mucho más urgentes. Dentro del contexto de esta segunda etapa, es necesario incluir, por supuesto, el golpe de Estado. Menciono esta situación debido a que nos llevó a ambos a vernos en la necesidad de partir al exilio. El des- tino nos vuelve a juntar, pues coincidimos –sin acuerdo previo– en la Embajada de México. Creo que Jorge me precedió en el arribo a dicha legación diplomática y lo hizo acompañado de su compa- ñera Ximena González y las dos hijas de ella. A los pocos días de estar en la embajada, mi madre logra introducir una maleta con ropa. Recuerdo esta anécdota, porque este hecho me permitió ob- sequiarle una camisa a mi colega, amigo y camarada que me la re- cibió con un gran regocijo y un desproporcionado agradecimiento. Cuando Ximena y sus hijas partían al exilio, al dejar la embajada, recuerdo haber visto a Jorge que las despedía muy emocionado, incluso con un incontenible sollozo. La tercera etapa, la ubico en el escenario de retorno a nuestra patria. Yo regresé a principios de 1989 y Jorge ya estaba radicado en Chile. Nuevamente mantuvimos una fuerte relación de amistad. A fines de 1993, mientras yo me desempeñaba como jefe del Área de Estudios de la Oficina de Informaciones de la Cámara de Diputados, recibo una llamada de Jorge para invitarme a formar parte del cuerpo docente de la Escuela de Periodismo de la USACH, un hermoso proyecto que daba sus primeros pasos. Además de colegas docentes, fuimos compa- ñeros en el magíster de Filosof ía Política en la misma USACH”. ¿Qué podría agregar? Fue sobre todo un buen amigo, que nunca pidió nada a cambio. Y se fue calladamente, sin aspavientos, sin molestar a nadie. Se quitó la vida en enero de 2008. Sobreviven no sólo sus escritos y sus buenas obras, sino también (y tal vez sobre todo) los apodos que nos puso a cada uno de nosotros. Noche de fiesta (1986). Jorge Uribe, Juan Guillermo Mellado y Basko Asún.

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=