Para que nadie que atrás. A la memoria de nuestras(os) compañeras(os) y maestras(os)

Para que nadie quede atrás 197 a nadie». Al día siguiente llegó con una bolsa repleta de novelas de Corín Tellado. Al pasármela, me aconsejó «Te lees una cada noche y podrás dormir feliz»”. Ese era el dulce secreto de Manola Robles, reportera que analizaba cientos de variables y hechos cada día, los interpretaba y los escribía a la velocidad del rayo, decenas de casos de muertes o asesinatos, desaparecidos o exiliados; pero que al momento de ir al descanso diario, volvía a la primera adolescencia leyendo historietas román- ticas, donde siempre triunfaba el amor, y le devolvían el candor y fuego para sobrevivir a esa dura época. El ritmo de Manola nunca decayó, y así lo consigna el libro 100 años de la Radio en Chile . En su capítulo V, que estuvo a mi cargo, digo: “su voz se hizo entrañable entre los años 1980 y 1990, y se convirtió en un emblema de lucha contra la dictadura y de luz para los chilenos, que anhelaban el retorno a la democracia. Por su trabajo en radio Cooperativa recibió amenazas y fue detenida por parte de los agentes de la dictadura, hecho que la llevó a per- der a su tercer hijo, en la década de los ochenta, cuando la periodis- ta llevaba ochomeses de gestación. La persecución del régimen la obligó a vivir en distintos lugares de Santiago. Sólo en 1990, con el regreso de la democracia, se instala definitivamente en la comuna de Macul. El año 2010 regresa a Cooperativa, donde trabajó in- cansablemente hasta el 24 de diciembre de 2020, como editora de opinión. Su muerte, a los 72 años, se produjo en su casa el 3 de ene- ro de 2021. Su hija, Francisca Rivera Robles, Paquita, relata: «Para mi mamá la radio era todo. Nunca tuvo la vaga idea de trabajar en televisión. Le ofrecieron, pero su amor era profundo por la radio; era su pasión. Nunca fue su motivación ser ella el foco noti- cioso, sino que su pega era denunciar los atropellos a los derechos humanos y analizar los escenarios económicos o políticos que se daban. Sabía muy bien leer entre líneas, analizaba las noticias, veía la realidad y era muy certera. Ella, hasta el final, enferma, editaba el blog de Cooperativa, analizaba e investigaba, para que la gente recibiera bien toda la información necesaria», afirma. «Realizó un tremendo trabajo periodístico para ayudar a entender la complejidad de los temas económicos y de análisis, con respecto a las empresas públicas que fueron privatizadas en dictadura. A través de sus informes radiales vaticinó la debacle en la que ahora estamos entrampados. Sabía lo que iba a ocurrir en Chile, después de que Pinochet inició la desnacionalización del cobre, vendió Chilectra y la Compañía de Teléfonos de Chile (CTC), y sembró el terreno fértil para entregar a los empresarios otras empresas esta- tales. Advirtió que, una vez privatizadas, éstas iban a cobrar lo que quisieran, mientras estuviese vigente este sistema neoliberal, que disminuyó la calidad de vida y la protección del Estado a la ciuda- danía», reflexiona Francisca”. En ese capítulo del libro hago también referencia a uno de los dolores más grandes que sintió Manola mientras fue reportera de radio Cooperativa: “Un dolor que le quebró el alma y que tuvo la misión de entregar a la audiencia, por duro que así fuese, fue la muerte de Rodrigo Rojas Denegri. Este joven fotógra- fo fue interceptado por un grupo de militares, que patrullaban las calles de Santiago, durante una jornada de protesta nacional en los años 80, y fue quemado vivo. Rojas Denegri fue golpeado y rociado de pie a cabeza con combustible, junto a su acompañante, Car- men Gloria Quintana. Murió a causa de las graves quemaduras en su cuerpo, mientras que Carmen Gloria sobrevivió, a pesar de la extrema acción que sufrió, y que la dejó con secuelas de por vida. El caso de Rodrigo Rojas fue muy duro para Manola Robles, pues ella era amiga de su mamá, quien vivía exiliada en Estados Unidos. Al llegar a Chile en el año 1986, Rodrigo contactó a Manola Robles, e incluso un tiempo vivió con ella y su familia. “Manola le hizo ver a Rodrigo lo que se estaba viviendo en el país, pero la hija de Ma- nola agrega: «Pienso que no asimiló el peligro que revertía salir a las calles para fotografiar las atrocidades que se cometían en los días de protesta. Lo más terrible fue no poderlo salvar. Mi mamá hizo todo lo posible, para que lo trasladaran de la Posta Central al Hospital del Trabajador, donde había atención de especialistas para pacientes con quemaduras extremadamente graves. Movió todos sus contactos, telefoneó a médicos del colegio de la Orden y una enorme cantidad de personas, pero fue imposible, porque había una orden superior, que no permitió su traslado, y Rodrigo falleció en la Posta Central de Santiago». Una periodista trabajólica. Cien por ciento reportera.

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