Escuelas que cuidan: el liderazgo escolar como generador de comunidades de cuidado
Escuelas que cuidan: El liderazgo escolar como generador de comunidades de cuidado 39 Desde esta perspectiva, el rol de los líderes y lideresas es fundamental para el desarrollo de una cultura de cuidado. Su labor exige actuar con empatía y con una comprensión genuina de las necesidades de las y los docentes en la organización, garantizando que se sientan valorados y respaldados (Smith, 2018). En tal sentido, se espera que exista coherencia entre sus acciones y sus creencias: liderar desde el cuidado implica “ser y hacer para el cuidado”, es decir, mostrar honestidad, transparencia y consistencia en la toma de decisiones. Esto supone, por ejemplo, admitir que no se tienen todas las respuestas, reconocer la contribución de las tareas de otros y aprender de docentes y estudiantes. En síntesis, liderar desde el cuidado implica otorgar primacía a las relaciones humanas por sobre otros aspectos de la gestión escolar, entendiendo que son estas relaciones las que sostienen el aprendizaje, el bienestar y la cultura institucional. A su vez, se espera que el liderazgo también puede ser plasmado en documentos institucionales (misión, visión, planes, protocolos, etc.), pues de esta manera se reconoce el cuidado institucionalmente y se favorece la modelación de acciones o prácticas de cuidado. Liderar desde el cuidado cumple un rol fundamental en las metas de las instituciones educativas. Así lo sostienen, entre otros, Smylie et al., a propósito de que liderar desde el cuidado “puede apuntar a promover ciertos beneficios experimentales: beneficios sociales, psicológicos y emocionales que se obtienen al estar en relaciones de cuidado y sentirse atendido. El cuidado en sí mismo puede ser educativo” (2016, p. 7). Por otra parte, es necesario que líderes y lideresas fortalezcan la gestión escolar mediante prácticas de comunicación abierta y diálogo horizontal entre directivos, docentes, estudiantes, familias y apoderados. Estas interacciones contribuyen a construir un ambiente de apoyo y comprensión mutua, en el cual las voces de todos los actores sean escuchadas y validadas. Promover la empatía y la escucha activa permite avanzar hacia entornos más cuidadosos, inclusivos y sensibles a las diversas necesidades de la comunidad educativa (Carrasco & Barraza, 2020; Carrasco & Palma, 2024). La gestión para el cuidado debe intentar empoderar a los equipos a través de decisiones inclusivas con el fin de fomentar un compromiso compartido con los valores y objetivos colectivos de la institución. Se reconoce la necesidad de plasmar estas cualidades del cuidado en documentos institucionales y, ciertamente, velar por su apropiación. Esto puede ayudar a desarrollar la capacidad de cuidado, generar condiciones organizacionales de apoyo y desarrollar contextos para cuidar más allá de la escuela (Smylie et al., 2016).
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