La casa. Proyecto de creación e investigación sensible II
20 En La Poética del Espacio Bachelard (Bachelard, 1965) dice que la luz de una casa “Es un ojo abierto a la noche, porque la casa es humana, es cuerpo y alma” (p. 35); porque una casa tiene implícito todas las esencias de la vida, como una colección de acontecimientos, pensamientos, deseos, emociones o una especie de palimpsesto donde se va reescribiendo una y otra vez la historia de cada persona, resguardando lo más íntimo que tenemos, y es a través de la luz en medio de la oscuridad por donde todo eso se vela al mundo. Al comenzar el proyecto de La Casa parecía imposible pensar en una casa sin luz. Así, decenas de lámparas con distintas formas y diferentes matices de iluminación estarían en escena. Cada una, una vida. Tan distinta como la otra. Y es que esa luz que se asoma por la ventana permite imaginar la inmensidad del mundo bajo el misterio de la oscuridad en tanto reclama ser reconocida, atendida, contemplada: un vacío rutilante donde la vida sueña y sufre, donde la vida late. Las lámparas en La Casa son ese interior velado, secreto, que se inscriben en una escultura de acero que las contiene. Una forma lineal que señala, pero que a la vez permite desaparecer un límite sólido entre el adentro y el afuera, a ratos ambiguo, tal vez una especie de horizonte lejano pero capturado. La Casa mira los lugares donde hemos vivido, pero también los que hemos deseado, extrañado o hurgado. Ventanas que se iluminan en el silencio de la noche y que almacenan profundas emociones, a ratos nostalgias, que registran lo abierto y lo cerrado, o quizás sólo, como dice Víctor, uno de los protagonistas de la película “El hombre de al lado” mientras intenta hacer una ventana en su casa, “necesito un poco de luz de la que tu no usas” (Cohn & Duprat, 2009); una especie de necesidad de encontrar un refugio en una casa ajena.
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