La casa. Proyecto de creación e investigación sensible II
14 Rossana Cassigoli (2012) define etimológicamente el verbo morar, el cual proviene del latín morari, que significa retardarse, entretenerse, hacer con lentitud, pararse, permanecer y residir. Pero Cassigoli va más allá y vincula esta permanencia, indispensable para la casa, con la memoria, esto en tanto la memoria reside en las grietas más secretas de la cotidianeidad de la casa, guardando las interacciones íntimas que son las que finalmente configuran la experiencia. Si la casa contiene la memoria y es capaz de mediar lo íntimo de lo público defendiendo el silencio y la lentitud propios del mundo de las experiencias, se convierten cada vez más en cualidades efímeras en tanto se dificulta la relación con un tiempo fragmentado. Y es esta memoria que hoy justamente se pone en tensión, el mundo que habitamos va cambiando, y lo íntimo, lo privado queda cada vez más expuesto, La Casa, seguirá siendo ese lugar de refugio donde se han tensionado los límites y es posible que lo que antes trabajamos en el Proyecto de creación/investigación La Obsolescencia del Cuerpo, sea la propia obsolescencia del espacio de subjetividad más íntimo. Nuestro proceso creativo ha tensionado esta interrogante a través del desarrollo de diferentes materialidades visuales, sonoras y de movimiento corporal. Desde las artes visuales, María de los Ángeles Cornejos se ha planteado una aproximación fenomenológica al espacio habitado, explorando materialidades, arquitecturas, objetos y escalas que evocan lo doméstico y lo íntimo, generando una experiencia corporal y sensorial del espacio. En el ámbito de la composición musical, Eleonora Coloma ha propuesto una metodología basada en asociaciones libres de imágenes y recuerdos, como fue desarrollado en su obra Mirto o la casa de un sueño para piano solista; en que a partir del recuerdo de un sueño recurrente y sus asociaciones sonoras se generaron las diferentes secciones de la pieza musical, que proponían espacios de una casa imaginaria soñada muchas veces. En esta ocasión la música sitúa la interpretación de una cellista (Beatriz Lemus) en el centro de la configuración sonora, la cual se entremezcla con sonidos de pianos desgastados los cuales son emitidos a través de un dispositivo de audio. La sonoridad intenta exponer aquellas sensaciones de lo íntimo y lo privado en relación a la experiencia doméstica de escuchar música. Desde la danza, Isabel Carvallo ha investigado el propio cuerpo biográfico en diálogo con los otros lenguajes, explorando sus límites y tensiones entre lo interno y lo externo, lo privado y lo público; buscando ralentizar el tiempo escénico, contrarrestando el exceso cinético contemporáneo, para abrir un espacio de suspensión donde emerjan nuevas temporalidades del cuerpo-morada. El presente libro da cuenta de las distintas etapas de este proceso, comprendiendo la creación no solo como resultado, sino como un campo de investigación centrado en lo sensible. A lo largo de
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