La casa. Proyecto de creación e investigación sensible II

13 (Pallasmaa, 2006, p. 30) y “el hogar no es un simple objeto o un edificio, sino un estado difuso y complejo que integra recuerdos e imágenes, deseos y miedos, pasado y presente. [...] No puede producirse de una sola vez. Tiene una dimensión temporal y una continuidad” (p. 31). Estas apreciaciones nos permiten comprender “la casa” no como algo dado, sino como algo en constante devenir. Como señala Avrane (2022), “es la casa que llevamos en nosotros, y se conjuga con la que habitamos, la mayoría de las veces en compañía de nuestros allegados [...] todo cuanto forja el alma de una casa, el inconsciente del inmueble en que vivimos” (p.9). En este sentido, “la modernidad ha acometido de manera prioritaria el espacio y la forma, mientras que ha despreciado el tiempo como cualidad indispensable de nuestras viviendas” (Pallasmaa, 2006, p. 44), perdiendo de vista esa construcción paulatina del hogar como memoria viva y afectiva. Los espacios, entonces, son contenedores de historias, recuerdos, deseos y experiencias; escenarios donde la vida transcurre y la memoria se inscribe (Perec, 2003). A medida que nuestra manera de domesticar el mundo evoluciona, nuestras viviendas cambian. “En función de los períodos de nuestra existencia, pero también de aquellos y aquellas con quienes compartimos la vivienda, elegimos nuestros muros y lo que hacemos entrar en el interior” (Bachelard, 1994, p. 9). Así, el acto de habitar la casa es el medio fundamental en que el hombre se relaciona con el mundo porque es la manera en que un sujeto se sitúa frente al espacio de manera consciente, pero también es un acto simbólico en tanto recoge las necesidades físicas y corporales. En el habitar de la casa se organizan la mente, las ideas, los sueños, los recuerdos y los deseos. Tal como relata George Perec en “La vida instrucciones de uso”, donde recorre y lee uno a uno los departamentos de un edificio modular francés, describiendo cómo, a través de recuerdos, de acontecimientos, de historias que le contaron y de lo que imagina, cada espacio adopta una forma determinada simplemente por el hecho de ser el escenario donde transcurre la vida: “Me gustaría que hubiera lugares estables, inmóviles, intangibles, intocados y casi intocables, inmutables, arraigados; lugares que fueran referencias, puntos de partida, principios: mi país natal, la cuna de mi familia, la casa donde habría nacido, el árbol que habría visto crecer (que mi padre habría plantado el día de mi nacimiento), el desván de mi infancia lleno de recuerdos intactos… Tales lugares no existen, y como no existen el espacio se vuelve pregunta, deja de ser evidencia, deja de estar incorporado, deja de estar apropiado. El espacio es una duda: continuamente necesito marcarlo, designarlo; nunca es mío, nunca me es dado, tengo que conquistarlo.” (Perec, G., 1998, p.139)

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