Liderazgo educativo y género. Miradas y realidades latinoamericanas

• 249 Carrasco Sáez, Olmo-Extremera, coords. Falabella et al. (2022) señalan que el imaginario de la directora ideal incluye ser “protectora”, “empática” y “siempre dispues- ta”, con una entrega prácticamente incondicional. Muchas directoras describen su trabajo como el de una superwoman o un pulpo , expresiones que ilustran las múltiples exigencias y tareas que deben asumir. En este contexto, la metáfora de la madre se convierte en un eje central: las directoras son percibidas como figuras maternales, encargadas de proteger, contener emocionalmente y asumir responsabilidades ilimi- tadas. Estas expectativas no solo refuerzan la feminización de la docencia, sino que también colocan a las mujeres en una situación de sobrecarga emocional y física, donde el éxito profesional parece depender de su capacidad para cumplir con todo (Carrasco, 2021; Mandiola et al., 2019). Este doble estándar genera una paradoja insostenible para las mujeres en posiciones de poder. Por un lado, deben masculinizarse para ser consideradas líderes competentes; por otro, al adoptar comportamientos asociados con la masculi- nidad, son percibidas como no auténticas o como “fingiendo” un liderazgo que no corresponde a su género (Painter, 2012). Este dilema refuerza un sistema de exclusión que coloca a las mujeres en una posición desventajosa, donde ninguna estrate- gia parece suficiente para superar los estereotipos de género. La lógica organizacional, que se presenta como neutral al género, refuerza las dinámicas de exclusión al construir la figura del “trabajador abstracto”, un ideal implícitamen - te masculino que privilegia la dedicación total al trabajo y desvincula a la persona de las responsabilidades familiares (Paludi et al., 2021). Este modelo se basa en la expectativa de disponibilidad plena, productividad constante y la prioriza- ción exclusiva de las demandas laborales (Gaba, 2019). Sin embargo, este ideal ignora cómo las responsabilidades de cui- dado, históricamente asignadas a las mujeres, crean barreras significativas para cumplir con estas expectativas (Carrasco y Barraza, 2020). Este discurso de neutralidad perpetúa la divi- sión sexual del trabajo y refuerza un sistema que privilegia a los hombres en roles de poder mientras impone cargas des- proporcionadas a las mujeres.

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