Liderazgo educativo y género. Miradas y realidades latinoamericanas
246 • Liderazgo educativo y género ejemplo, las mujeres se ven obligadas a adaptarse a estilos de liderazgo masculinos o a modificar su apariencia y comporta - miento para ser aceptadas, lo que implica un costo emocional y profesional adicional (Clark-Saboda y Lemke, 2023). En segundo lugar, estas narrativas simbólicas limitan el desarrollo de las trayectorias al consolidar una cultura la- boral que privilegia a quienes se ajustan a las normas mas- culinas, excluyendo a quienes no encajan en ellas. Esto no solo perpetúa la idea de que las mujeres deben adaptarse al modelo existente, sino que también dificulta la posibilidad de imaginar e implementar modelos alternativos de liderazgo que valoren cualidades asociadas a lo femenino, como el cui- dado y la cooperación (Durán et al., 2022). En el contexto educativo, estos símbolos tienen un im- pacto particular, ya que refuerzan la idea de que el liderazgo es incompatible con las responsabilidades asociadas al cui- dado, que recaen desproporcionadamente sobre las mujeres. Esto genera trayectorias más exigentes para las directoras, quienes deben superar tanto las barreras simbólicas como las estructurales para mantenerse y avanzar en sus roles. Por ejemplo, muchas directoras reportan haber asumido respon- sabilidades adicionales y demostrado competencias excep- cionales para contrarrestar los prejuicios derivados de estos símbolos culturales (Falabella et al., 2022). Transformar esta dinámica requiere desmontar los sím- bolos y las imágenes organizacionales que refuerzan estas desigualdades de género. Esto implica revisar y actualizar el lenguaje utilizado para definir el liderazgo, así como revalo - rizar cualidades asociadas a lo femenino, integrándolas como elementos fundamentales de los roles directivos. Al hacerlo, no solo se promueve mayor equidad en las trayectorias de liderazgo, sino que también se enriquece la diversidad de en- foques en la gestión escolar. Las interacciones cotidianas en las organizaciones educa- tivas también reproducen desigualdades de género, especial- mente a través de prácticas informales que, aunque sutiles, consolidan jerarquías masculinas. Estas prácticas incluyen la
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