Liderazgo educativo y género. Miradas y realidades latinoamericanas
• 245 Carrasco Sáez, Olmo-Extremera, coords. vincularse a atributos como la autoridad, la racionalidad y la capacidad estratégica, cualidades culturalmente relacionadas con los varones. Este contraste evidencia una disyuntiva es- tructural: un sector ampliamente feminizado en su base, pero masculinizado en su cúspide (Arroyo y Bush, 2021). El problema trasciende las cifras. Aunque las políticas públicas han contribuido a un aumento en la participación de mujeres en cargos de jefatura, persisten las prácticas y sig- nificados que dificultan su permanencia en roles de liderazgo y poder (Navarro et al., 2018). Durán et al. (2022) subrayan que las mujeres enfrentan trayectorias más exigentes para alcan- zar posiciones directivas, requiriendo una experiencia docen- te significativamente más prolongada. Por ejemplo, mientras muchas directoras acumulan más de 20 años de experiencia docente, los hombres suelen ascender a cargos de liderazgo con menor trayectoria y consolidan largas carreras en estas posiciones. Este fenómeno refleja claramente la persistencia del techo de cristal, donde las mujeres deben superar barreras adicionales para acceder a los mismos espacios que sus pares masculinos (Cuadrado y Morales, 2007). Los símbolos culturales y las imágenes organizacionales no solo reflejan, sino que activamente reproducen las des - igualdades de género al posicionar las características mascu- linas como la norma del liderazgo. En este contexto, valores como la competitividad, la racionalidad y la autoridad son sobrevalorados, mientras que cualidades como el cuidado y la cooperación —frecuentemente asociadas con lo femenino— son relegadas o desvalorizadas (Arteaga y Ramón, 2009; Mon- cayo y Pinzón, 2013). Este sesgo simbólico afecta las trayecto- rias de las mujeres directoras de múltiples maneras. En primer lugar, las descripciones de los roles de liderazgo en términos masculinizados y las imágenes que excluyen ex- plícitamente a las mujeres refuerzan la percepción de que las directoras no pertenecen a estos espacios de poder. Esto genera barreras simbólicas que dificultan su acceso a cargos jerárqui - cos, ya que deben demostrar constantemente su competencia frente a un modelo que no las incluye (Carrasco, 2021). Por
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