Las potencias vitales de las tierras fronterizas

259 pagación de la inteligencia artifcial en todos los ámbitos de nuestros quehaceres, relaciones so- ciales, desarrollos profesionales, y en general, en cada rincón de nuestras vidas post humanas. Ahora bien, ¿cuáles son estas premisas?, ¿aquellas sobre el lugar del sonido y la escucha en este siglo XXI?, la respuesta a esta pregunta nos servirá para volver a la experiencia del laboratorio. El laboratorio y la infraestructura otorgada para realizarlo, permitieron desarrollar a profun- didad actividades que si bien, ya se tenía la expe- riencia de guiar y facilitar, el contexto académico las proveyó de refexiones compartidas y en ge- nerar una disposición más abierta y curiosa que cuando se dirigen al público general. En lo perso- nal, en el año 2017, cuando pude por primera vez sumergirme en el trabajo de Oliveros, leyendo y releyendo el libro Software for People, junto con la fascinación que me producía el texto, el cual sen- tía como una invitación, una de las cosas que me llamaba tangencialmente la atención era el con- texto en el cual surgió todo el corpus de trabajo de Oliveros. Por un lado, la UCSD, Universidad de California San Diego, y, por otro lado, becas de las fundaciones Rockefeller y Guggenheim. A saber, desde la perspectiva chilena de instituciones cul- turales precarizadas (o valga decir, desde la ins- titucionalización de la precariedad sempiterna), el contexto desde donde surgieron las meditacio- nes sónicas y el corpus oliveriano de la EP fue de auspicio y bonanza totales, además de tener una relación indirecta con el desarrollo tecnológico que se daba en esa misma época en el estado de California (5) . Con el paso del tiempo y la puesta en práctica y en público –de manera autogestiona- da–, de estas meditaciones y ejercicios, he llega- do a la conclusión de que no podría haber sido de otra forma. Hay un elemento constitutivo de estas prácticas que tiene que ver con invitar a los participantes a ser activos y no meros receptores pasivos. Allí hay una importante piedra de tope. El público general está cada vez más lejano a brin- darse experiencias que lo desafíen o lo saquen de su zona de confort. En esta etapa del capitalismo en donde todo ha sido comoditizado, desde lo ma- terial y todo tipo de servicios, hasta la amistad, pasando por las relaciones en general y también las experiencias místicas, estéticas o espiritua- les, el público general es ignorante de su propia capacidad creadora, pues vive en una burbuja de trabajo y consumo muy bien diseñada, en donde la cultura solo existe mientras se pueda consumir de forma pasiva y solo como entretenimiento. La idea de proponer al público general ac- tividades como meditaciones sónicas o ejercicios de EP, generalmente terminan llegando a muy pocas personas porque hay un no-saber-de-que- se-trata, por lo tanto se ignora y se deja pasar. Es una condición humana rechazar lo desconocido. Hay, entre otras cosas y para usar un concepto de diseño, una profunda crisis de affordance (6) con respecto a cómo la EP puede signifcar una utili- dad para el público general. Por lo tanto, la existencia de estas activida- des bajo el amparo de instituciones académicas se da casi de forma orgánica, pues constituyen uno de los pocos espacios sociales en donde se entien- den, valoran, y sobre todo, se da la oportunidad para que se desarrollen. Y lo que se desarrolla no es menor. Hablamos de tecnologías, en su sentido epistemológico, que permiten reprogramar nues- tra experiencia vital y cómo articulamos nuestro sistema sensorial. Vivimos en una sociedad extre- madamente oculocéntrica, en donde la despro- porción jerárquica que tiene lo visual sobre los demás estímulos es evidente y al mismo tiempo se da por sentada. Todo es apariencia, la imagen, antes que nada. Por supuesto que está toda la his- toria del arte visual, desde las pinturas rupestres en adelante, para respaldar la idea de que siempre

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