Las potencias vitales de las tierras fronterizas
148 que nace a partir de nuestros modos de ser y atra- vesadas por nuestras prácticas. En mi caso, el proceso de trabajo a partir de la enfermedad de mi padre me puso frente a cier- tas fronteras del lenguaje, en la medida en que el nombre de esta enfermedad -disautonomía- inevi- tablemente me convocaba a crear agenciamientos entre esta palabra y el concepto de autonomía. Sin embargo, tratándose de un término referente a un cuerpo enfermo específco (mi padre) y mi rela- ción con él, el planteamiento del término, “dis.au - tonomía” me convocaba a entrecruzar, confuir y asociarme con el acontecimiento en el cuerpo, con términos biológicos, al mismo tiempo deslizando y desplazándome por el concepto de autonomía y sus múltiples componentes. Por otro lado, podría pensar aún en la dis. autonomía como una metáfora, que compara o traslada la enfermedad y los sentidos de sus con- ceptos agregados. Del griego <metaphorá> como ‘traslado’, ‘desplazamiento’, la metáfora es con- cebida tradicionalmente como una fgura retóri- ca, que hace una analogía o asociación entre dos elementos, sugiriendo una comparación entre es- tos. Nietzsche (2001), aborda la verdad como un conjunto de metáforas que han sido consolidadas, solidifcadas, con objetivos sociales de garantizar la existencia humana. La formación de conceptos serían así un traslado de metáforas que perdieron su carácter fcticio, la fuerza que contenía en la <<excitación nerviosa>> primera de la percep- ción. Además, el miedo a la abstracción intuitiva de la metáfora reside justamente en la capacidad que estas tienen en desestabilizar lo que es regu- lar, conocido y seguro en los conceptos que nos aferran a las formas, normas y códigos. En la búsqueda por entender qué signif- caba trabajar a partir de este término dis.auto- nomía, me encontré con perspectivas feministas que me hacían sentido y fortalecían el posible carácter metafórico del marco que estaba plan- teando a la investigación. Nelly Richards (2018) analiza cómo el “capitalismo de los signos que privilegia el mensaje efciente castigando siem- pre las vueltas y los rodeos de la metáfora” (p. 35), para hablar de cómo la escritura y crítica femi- nista propone una reconfguración creativa de los aparatos de enunciación. Con ella, no podría negar que, al poner en juego la palabra “dis. auto- mía”, la investigación asumía el riesgo de tomar “formas de nombrar que apelen a la imaginación” (Richards, 2018, pp. 35- 36). Sin embargo, el carácter autobiográfco –el hecho de que partía de una enfermedad que tuvo mi padre– junto al cuestionamiento que emergía sobre el concepto de “autonomía”, me hicieron comprender que, a partir de mis prácticas, no se trataba de hacer traslados y comparaciones (en el sentido restricto de la metáfora). Al fnal, llego al término conceptáfora, como modo de aludir a un acercamiento —cier- tamente arriesgado e inestable— entre el con- RUTA: sobre otras epistemes que contrarrestan las hegemo- nías coloniales y patriar- cales de los aparatos de enunciación y del lenguaje, vale la lectura de Leda Maria Martins (2021), en especial su concepto de “oralitura”: “Este término confunde las categorías modernas de escrita y oralidad, texto e imagen – normalmente puestas como dicotómicas en la ciencia eurocéntrica.” (Boito, 2022, p. 135. Trad. mía). En una perspectiva decolonial, Martins trae otros modos a la relación entre cuerpo, rito, perfor- matividad y memoria, y la construcción del pensamiento-palabra.
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