Las potencias vitales de las tierras fronterizas

130 En estos últimos años, me he acercado a las nociones de gordofobia, Fat studies, activismo gor- do, Body Ashamed, IMC: Indice de Maldad Culposa (Moreno, 2018, p. 75), TCA (Trastorno de conducta alimentaria) , el modelo Body Positive , la Ley de Ta- llas , entre muchos otros conceptos de este glosario que se va entretejiendo como la voz civilizatoria de una minoría en resistencia. La bibliografía que he consultado es transversalmente testimonial, está escrita en primera persona y a su vez recoge epis- temologías feministas. Se trata de una literatura muy reciente: la mayoría de los textos fueron es- critos desde el 2018 en adelante, con posterioridad a la cuarta ola feminista. Como sugiere María del Mar Ramón (2020), las mujeres que luchan se encuentran. En el camino he conocido mujeres con las que nos identifcamos en las implicancias culturales de haber devenido gordas. Durante la pandemia del COVID19, frente a una pantalla experimenté el ali- vio, la complicidad y el júbilo de reconocerme en dos compañeras de curso que ejercen la militancia de activistas gordas. La sensación fue la misma que tengo cuando conozco a una madre que tiene un hijo que no es neurotípico: el saber que habito jun- to a otras el territorio del desborde, la disonancia y la diferencia. No soy la única, no estoy necesa- riamente enferma y juntas podemos resistir o al menos problematizar e interrogar lo que se supo- ne que debemos poner en práctica para resolver nuestro “problema” o “enfermedad” y lo que se es- pera que hagamos y que sintamos con ello. Existen otras mujeres cuyo domicilio es la periferia y cuyo desborde no sobra, sino que es el material que per- mea su obra artística y sus vínculos. El exceso de grasa es reivindicado como un cuerpo posible, y el comer como un derecho irrevocable (Del Mar Ra- món, 2020 p. 58). Podemos relacionarnos con este cuerpo desde otro lugar que a través de la mirilla del “diagnóstico médico”. Entendemos que no podemos pensar nues- tro cuerpo como separado de nosotras mismas cosifcándolo y objetivándolo. Un cuerpo no es un “qué” sino un “quién”. Ser gorda es un rasgo de nuestra identidad, pero no es el único rasgo. La pa- labra GORDA no es un insulto (Verdée, 2021, p. 4). Con la cuarta ola feminista del 2018, afrma- ciones como, “no se habla del cuerpo del otro”, “mi cuerpo no quiere tu opinión”, “de mi cuerpo y mi vestuario resérvate el comentario”, “no es un caso aislado, se llama patriarcado”, dieron un respiro a este cuerpo constreñido por su propio sobrepeso y lleno de deseos de expresarse, emanciparse y, so- bre todo: danzarse. Soy gorda así, en tiempo presente, porque no se nace gordx, sino que hay un devenir cons- tante, que no se corresponde únicamente con una patología o desorden somático/psíquico o una relación desequilibrada con la comida y la posibilidad de híper consumo en estas socie- dades heterocapitalistas (Contrera y Cuello, 2016 como se citó en Aranda 2021, p. 236). Escribo estas palabras como mecanismo de defensa. Durante toda mi vida, además del miedo a engordar, estaba el miedo insoporta- ble a que alguien me dijera gorda. Así que ya está, les ahorro el problema: ya lo dije yo. Nin- gún cuerpo es un adjetivo, ninguna identidad es un insulto (Del Mar Ramón, 2020 p. 57). Habitarse en un presente feminista es como respirar aire por primera vez después de una apnea eterna bajo el agua. Presencié cómo los tiempos cambiaban y con ellos las narrativas sobre el cuerpo. Soy testigo de las nuevas ge- neraciones para las cuales ya no hay “cuerpos correctos” o “cómo disimular los rollitos”. Veo cómo hordas de adolescentes con panza se ponen ombligueras y reconocen la belleza en

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