Las potencias vitales de las tierras fronterizas

129 mas y recetas, no complacer, no obedecer necesa- riamente a la tendencia de turno. Buscar maneras nuevas de decir con el cuerpo, y decir de verdad. No reconocerme en mi nueva creación, extrañar- me y reinventarme. Un irrenunciable: la honestidad. Crear para decir y mover lo que quiero, y no para ajustarme a lo que se está haciendo, o parecerme a algo. Remo- ver lo que se mueve. En las primeras etapas de mi trabajo, esta búsqueda estaba agenciada por un cuerpo dentro de la norma. Con 21 años, 55 kilos y 1.62 cm, creé mi primera obra. Hoy, las cifras son otras, pero la pulsión creadora preserva los mismos principios. En este proceso de de-formación de mi cuerpo, me auto-segregué de la escena. Por un lado, mi cuerpo no era digno de exhibirse en ese estado, y, por otro, no era capaz de moverse como antes (pese a mi interés por explorar en nuevos lenguajes y en particular, en las poéticas de la disidencia). Después de todo, se suponía que era (¿soy?) bailarina: y las bailarinas no son gordas. No hay, no existen bailarinas gordas. Escribo en primera persona en una publica- ción que será editada por la Universidad de Chile, donde soy académica. Abordar un tema tan ínti- mo en mi lugar de trabajo es a lo menos riesgoso. No se suele compartir este tipo de asuntos con un empleador, menos aun cuando mi unidad es el De- partamento de Danza, donde me formé como bai- larina. Un lugar donde nos medían el porcentaje de grasa en el examen de admisión. La autoetnografía –que escojo en este ensa- yo como lugar de enunciación– es una forma de re- sistir a la norma en el formato escrito. Sobre todo, porque tengo la excusa que este género se instaló y se valida como una manera de producir cono- cimiento desde la academia, y hablar desde mi subjetividad constituye a su vez un gesto político. La autoetnografía es una aproximación a la inves- tigación, pero también a una práctica “que busca describir y analizar sistemáticamente la experien- cia personal para entender la experiencia cultu- ral”. (Ellis, Adams y Bochner, citados por Aranda, 2021, p. 221). En la danza, la noción de ensayo constituye nuestro espacio-tiempo de experimentación, de búsqueda, problematización y rigor. El vocablo que se utiliza en el francés es “ répetition ”, porque en un ensayo se repiten una y otra vez los movimientos para depurar y defnir con exactitud el gesto dan- zado, editarlo y componer la obra. Hago el ejercicio de abordar este ensayo escrito justamente como un ensayo danzado. Me sitúo en el “aquí y ahora” escénico, suelto el cuer- po, me dejo ser, experimento y escribo. Improviso, suelto las manos en el teclado. Edito, corrijo, tomo distancia. Pero sobre todo fuyo en el ritmo del relato, en el pulso de las palabras, en el espacio del escenario vacío que es esta hoja de Word en blanco, a la escucha del estado exploratorio de la escritura como práctica creativa y corporal. Mi relato aborda una vivencia íntima y no encuentro otro modo de aproximarme a ella. En la autoet- nografía encuentro el pre-texto para poder hablar desde mi subjetividad en este ejercicio incómodo que me he autoimpuesto “por mí y por todas mis compañeras gordas”. El método de escritura autoetnográfico es alterno al científico cuantitativo; en él no hay tablas ordenadoras, sino buena narrati- va; no es sintético, mas priva la profundidad y espesura del relato; no hay hipótesis sino intuiciones compartidas. Como investigadora me siento instrumento, veo potencialidades positivas en el hecho de hablar de lo que sé a la luz de la teoría sociocultural aprendida (Aranda, 2021, p. 222).

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