Las potencias vitales de las tierras fronterizas

115 Habiendo permanecido varios meses guareciéndose en una caleta entre el (ac- tual) río de La Plata y el (actual) Estrecho de Magallanes, la fota del ídem observa a un empinado tehuelche bailando y cantando desnudo en la playa, el cuerpo todo pintado de blanco, verde, negro y colorado, arrojándose grumos de raíz en la cabeza. Magalla- nes —transcribe Pigafetta (1989 [S.XVI]) o, más precisamente, habiéndose perdido el supuesto original, el copista autor del manuscrito de la Biblioteca Ambrosiana de Mi- lán— envía un marinero a tierra con la instrucción de imitar los gestos del patagón in segno de pace . Y la cosa, la mimética cosa, la “comunicación” pluri- o intercultural, eso parece, funciona o comienza a funcionar: el tehuelche (más precisamente acaso aoni- kenk o günün-aküna; tehuelche es nombre dado más tarde por mapuches) se anima a subir a la nave capitana, la Victoria, y a compartir con el primer marinero. Sobreviene entonces tal autopolémica escena: al darle el capitano generalle un espejo de acero, ver- se a sí y horrorizarse son, para el tehuelche cuerpintado, una y misma cosa. Más fácil entenderse con otros que consigo mismo. Consigo radicaliza la frontera: irreconocible entre uno y otro, hecha polvo, se la arroja aun por la cabeza. Entre uno y otro; pues no hay mujeres a bordo, no hay mujeres en la primera circunnavegación del globo terrá- queo. Y si las hay en tierra, ellas se mantienen, o son mantenidas, a subrayada distancia; los patagones, aventura Pigafetta, sonno gelosissime de loro mogliere .

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