Las potencias vitales de las tierras fronterizas

107 grándose a la mujer como un hacer y al paisaje como una de las muchas interacciones que lo sostienen. la investigadora se queda allí, de pie, de pronto liviana, de pronto casi vacía. y como si fuera imposible para un cuerpo tan vivo volverse un cascarón, lo que entra en la investigadora es la memoria de ese hacer y cada uno de los elementos que lo conforman: la fertilidad de aquel silencio, la permanen- cia de aquellas piedras, la organización de los granitos de arena, el resistir del verde tris- te pero elegante, lo incendiario del calor del medio día y lo aterrador del frío de media noche, la pesada y cariñosa gravedad… todos los elementos que componen la nueva prácti- ca llenan el hueco que la pregunta ha dejado. la investigadora entiende. la investigadora da las gracias. la investigadora, agotada por la suspensión del tiempo sobre sus hombros, conmovida por la tregua temporal que se ins- tala entre ella y su hambrienta curiosidad, y abatida por el regalo tan grande del desierto, se rinde ante la gravedad una última vez y vuelve a conciliar el sueño. A estas alturas del texto tengo muchas ga- nas de borrarlo y volverlo a empezar, o más bien de no empezarlo nunca. Nombrar esta sensación es importante para mí. Pienso que las investigacio- nes artísticas deseantes siempre caminan sobre un piso que se mueve, intentando danzar con las con- tradicciones que aparecen en vez de correr despa- voridas por la falta de frmeza. Pienso en lo inde- fensa que me he sentido ante el atropello de mis deseos, en lo que está en juego en esta misma es- critura con la que me estoy poniendo de cabeza in- tentando explicar una cosa tan simple, intentando explicar lo que no se deja: por la mañana sintiendo que me quedo tan corta, por la noche avergonzada de estar hablando de más. Pienso en la idea de ries- go, de correr un riesgo. De entregarse a algo que bien puede no llegar a “nada”, lo cual sucede con más frecuencia de la que nos gustaría admitir. Pero que sin duda es una “nada” parecida a la nada del desierto, una nada que tiende a lo vasto, a la belleza extraña, indómita. Es un miedo y una incertidum- bre que lo tiñe todo con cierto nerviosismo, que reconozco como importante. Nos ha hecho mucho daño estar tan seguros de las cosas. La idea de ries- go implica una vulnerabilidad y, en ese sentido, se vuelve necesariamente un llamado hacia el otre. Una investigación artística deseante que corre un riesgo convoca a la compañía de la otra, le pide que le ayude a organizar sus argumentos atropellados, que le ayude a completar los huecos que dejó, que le traduzca una idea, que se quede a dormir para sentirse más tranquila, que le prepare un té para los nervios. Este texto me pone muy nerviosa y eso es valioso. Me parece central la idea de riesgo, y no puedo evitar pensarla también en el más concreto de los sentidos: siendo imposible ignorar la preca- riedad en que muchas de estas investigaciones se- dientas nacen, crecen ymueren, estamos hablando también de riesgos materiales, económicos; de un ejercicio investigativo que se da tan frecuentemen- te en la fragilidad, en la escasez de tiempo, recursos y energía. Hay tan poco presupuesto para los com- promisos vitales. No podemos olvidar que las in- vestigaciones artísticas deseantes se emplazan en el estado crítico de nuestro sistema mundo en que el sufrimiento es la principal moneda de cambio. En un sistema mundo en que el bienestar es tan aterradoramente inaccesible, en que se atenta co- tidiana y sistemáticamente contra el buen vivir de la inmensa mayoría, pronunciarse en una búsque- da por lo deseante es urgente. Más aún, pensando en las investigaciones que germinamos desde el sur global, en donde parece ser que no habría más alternativa que enfocar nuestras prácticas a encar- garse de las cantidades inabarcables de dolor, de confictos y tensiones que nos atraviesan, ¿dónde queda el derecho a trabajar desde lo celebratorio,

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