Las potencias vitales de las tierras fronterizas

104 latido cosquillas , y que luego juntes empezamos a referirnos a él como entusiasmo. Michel a su vez tiene un amigo, Ricardo Diaque, quien hace poco le llamó enjoyment , “Enjoyment as a critical prac- tice” (2023), se titula su genial video ensayo. Cer- ca del deseo está una lúcida y conmovedora carta que le escribió a su propia práctica Sara Medina, en la que habla del gut feeling (2021). Cerca tam- bién está la bailarina Mayra Morales que llamó a esas pulsiones quereres , en un maravilloso curso que tomé con ella el año pasado. En los hilos más recientes, aparece la voz decidida y tierna de Gon- zalo Tapia, quien en una hermosa charla que tuvi- mos mientras caminábamos en un sendero rodea- do de cerros, nombró como compromisos vitales , a esas fuerzas y promesas que sostienen su trabajo. Chifladura, curiosidad, gozo, apetito, afecto, ham- bre, cosquillas, entusiasmo, enjoyment, gut feeling, quereres, compromisos vitales. Con toda seguridad se me escapan nombres y quedo en deuda con un sinfín de artistas, teóricos, flósofas, docentes y compañeras que le dieron ritmo al latir del deseo que hoy decido colocar al centro de mi hacer y de esta conversación. Un sinfín de personas que están tejidas en las mantas de les antes mencionades y que sin saberlo llegan también sus hilitos a la mía, un sinfín de nombres que no sabré citar y que ojalá ellos sí sepan perdonarme. la investigadora se despierta a la mitad de la noche con un crujido grave y lítico. un gruñido que pareciera venir del interior de la cueva le hace recuperar la verticalidad en una milésima de segundo. asustada, inmóvil, espera. nada. al cabo de un rato se convence de volver a acostarse y entonces lo que cruje no es la pie- dra sino su propio estómago. la poca comida que trajo se terminó en una de las muchas paradas de descanso que hizo ayer. hambrien- ta, helada y con el cuerpo adolorido, no logra volver a dormir. ni el hambre, ni el recuerdo de aquel monstruoso rugir la dejan tranquila. una parte de ella desearía escucharlo otra vez, asegurarse de que no haya sido un sueño o un delirio, sino la roca dedicándole unas palabras, cantándole, ahuyentándola… algo. diciendo algo. resignada y pensativa, saca su maltra- tada libreta de notas y, alumbrándose con la pequeña linterna que trae consigo, se pone a leer. primero en silencio y luego, como que- riendo romper la tensión entre dos hablantes, murmurando quedito. lee aquellas líneas que escribió inquieta en la ciudad; aquellas ideas que lanzó por lanzar cualquier cosa, dando pu- ños al aire hasta que alguna fuera lo suficien- temente interesante como para engancharla. entre el murmuro y el pasar de las páginas, la cueva se pinta de una suave musicalidad. una musicalidad que chorrea despacio de la boca de la investigadora y empieza a llenar primero el piso y todas sus grietas, subiendo poco a poco por las paredes, rozando cada piedra con cariño hasta llegar al techo. la investigadora siente una diminuta gota de algo que le cae en la cabeza, el baño de musicalidad empieza a gotear mínimamente, regándola con su pro- pia hipnótica melodía de murmullos. ¿Y cómo saber cuándo estamos frente a una investigación artística deseante?, ¿cómo recono- cerlas entre la multitud?, ¿cómo es su estructura y lógica interna? Quizá mirar el interior de una IAD es imposible sin matarla en el proceso. Hace unos meses mi querida Thalía, sacó a tema como el interior del cuerpo está siempre a oscuras. Me reí mucho pensando en cómo las ilustraciones anató- micas y didácticas del cuerpo humano habían im- pregnado tanto mi imaginario que nunca me había detenido a pensar que efectivamente todo lo que pasa dentro del cuerpo pasa a oscuras: que una en- ferma y sana a oscuras, que nacer es emerger hacia la luz; que quizá, incluso, no debería hablarse de oscuridad cuando ni siquiera hay ojos por dentro que puedan percibirla. Usando la imagen / no ima- gen del cuerpo a oscuras, insisto en que es muy

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