Las potencias vitales de las tierras fronterizas

103 entregándose una vez más a la fuerza que la atrae con intensidad, se hecha en el piso sin ninguna gracia. poco a poco, recobra el aire, y tomando valor, mira el cielo que ahora mismo transita por muchos tonos de anaranjados y rojos, uno tras de otro. en el horizonte no se alcanzan a ver más que kilómetros y kilóme- tros de relieves rocosos separados por largas planicies, mechones de verde triste pero ele- gante aquí y allá. ha tenido suerte de encon- trar este pequeño hogar entre las piedras, ella a veces suele tener eso: suerte. el desierto se extiende por lo que parece el planeta entero, por lo que parece el tiempo entero. la ob- servadora suelta un suspiro largo y sus labios resecos por la aridez se curvan en una sonrisa apenas visible. parece que está sola, pero ella nunca ha creído en esa palabra; menos aquí, menos ahora. al poco rato, el aire empieza a ponerse más frío; volviéndose imposible seguir saboreando los inicios de la noche desde allí. la investiga- dora decide bajar hacia el rinconcito que la meseta ha dejado para ella, no sin antes mirar arriba por última vez y comprobar que una infinidad de estrellas ya la miran de vuelta. se le sonrojan las mejillas, inesperadamente tí- mida ante los ojos de tantos cuerpos celestes. aun así, les sostiene la mirada. “me ha cos- tado mucho llegar hasta aquí, ¿saben?”. “sí, lo vimos”. dentro de la cueva, la investigado- ra se prepara para dormir. fuera de la cueva, el paisaje también. arrullada con el calor que conservan las piedras de su refugio, a los po- cos minutos se acompasan ambas respiracio- nes y caen, desierto y mujer, profundamente dormidos. Las investigaciones artísticas deseantes tienen un montón de referentes que se han ido in- trincando hasta formar una maraña de conceptos y nombres que me cuesta distinguir, y que llana- mente no me apetece intentar desenredar ahora, tampoco sabría cómo hacerlo. Todos, desorde- nadamente, forman parte del mismo tejido de la manta con la que ahora mismo la investigadora se envuelve para dormir. Y así, como maraña, como cajón de triques, como un grupo de gente extraña en una festa, se los presento: la manta empezó a tejerse, cuando yo era niña, con la palabra chifla- dura , la forma en la que mi mamá y sus colegas del doctorado llamaban a sus adorados temas de tesis; la chifadura de mamá era la curiosidad (Hernán- dez, 2020), que tiempo después me enteré que es- taba muy teñida con la idea del gozo intelectual de Jorge Wagenseberg (2007), su autor favorito. Pasa- ron los años y mientras estudiaba, llegó a la manta un iluminador artículo de Chus Martínez (2010) en el que hablaba de una rara forma de investi- gación atenta . Y luego, con un estambre grueso y resistente apareció la noción de research-creation de Erin Manning (2016) que se volvió totalmente indispensable. A través de estas y otras artistas se enredaron el apetito deWhitehead (1929) y las má- quinas deseantes deleuzo-guattarianas, mucho hay aquí del deseo como afecto, como fuerzas y fujos (1985). Más recientemente se tejieron también los hilitos dorados de los encuentros éticos en la inves- tigación artística, de los que hablanMika Hannula, Juha Suoranta y Tere Vadén (2005). El colectivo de RAQS Media Collective (2014) decora las puntas de la manta con decenas de plumas, sumando la propuesta de la investigación artística desde la her- mosa metáfora del lenguaje de los pájaros. Sin embargo, aún más importantes son las hebras de la manta que han dejado mis cómplices artistas, aquelles con quienes he pensado cerquita y feliz, quienes han nombrado lo deseante a su ma- nera. Recuerdo a María Vez hablar tantas veces del hambre y del will power , mientras estudiábamos juntas y yo nunca había visto a alguien estar tan se- gura de algo. Ocupando un lugar brillante está mi amigo Michel Gantous quien le ha llamado a ese

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=