Las potencias vitales de las tierras fronterizas

101 El desierto se extiende como un espacio de excepción, históricamente un sitio sagrado de reti- ro para desprenderse de todo lo no esencial, para curarse de los placeres; para alcanzar un estado de lucidez producto de enfrentarse al exceso de nada, a la ausencia de todo. Pareciera el desierto un labe- rinto sin paredes, que se reconoce por todo lo que no tiene, por los sonidos que le faltan, los colores que no necesita. El desierto como un lugar que no ha sido merecedor de nuestra ternura, un suelo en el que se han arrojado desechos tóxicos, bombas y cuerpos, al que se le ha excavado y extraído tanto que tiende a colapsar. El desierto, con su descon- certante falta de puntos de referencia que nos con- fronta demasiado para nuestra propia comodidad, como si nos exigiera que llenáramos tanto silen- cio con nuestra voz, que compensáramos tanta aridez con nuestro sudor, y tanta esterilidad con nuestra vida; es un paisaje que toma, que pide, que nos compromete. Me interesa el desierto como un contexto en que surgen relaciones siempre radica- les con el deseo: ya sea que devenga el sitio en que toda ilusión viene a padecer, marchitarse y morir, o el sitio en que a falta de condiciones para man- tenernos vivos, no queda más que sostenernos al deseo con toda nuestra fuerza, que beber y comer de él. entre más camina, la investigadora nota que la gravedad no parece tener la misión cruel de tragársela, agotarla o vencerla; es como si hubiera, más bien, una intención integradora. si ella desea al desierto con tal intensidad, si vino de tan lejos para conocerle, ¿acaso no hace sentido que el desierto la desee de vuel- ta?, ¿que esa sea su forma de darle la bien- venida?, ¿integrándola al medio?, ¿haciéndola parte del sistema de relaciones del que ella tanto quiere aprender? el desierto no se deja tratar como objeto ni sujeto de estudio sino que ejerce su agencia como participante en las indagaciones de la investigadora, y sin preguntarle, pone de su parte. se activa, se mueve, responde. no hay en el caminar una lucha de fuerzas o una tensión de voluntades, hay una complicidad que crece con cada paso que aleja a la investigadora de la seguridad de su original punto de partida y la acerca a la incertidumbre del encuentro con lo que desconoce. “Canción para Irarrázaval: por una inves- tigación artística deseante” , así se llamó mi confe- rencia performativa para el encuentro “Las poten- cias vitales de las tierras fronterizas”, el motivo que nuevamente nos reúne aquí. A diferencia de lo que anunciaban las primeras líneas de la performance y de este mismo texto, esta no fue y no es una oda a la inquietante belleza del norte chileno. Es verdad que conocer el desierto fue la misión poética que tuvo la fuerza sufciente para movilizar mi cuer- po 6,513 kilómetros hacia abajo, pero también es cierto que es metonímica. La curiosidad que mató al gato pero no a la mexicana (todavía), tomó la imagen arenosa del desierto, sí, pero este no es su objetivo ni su tierra prometida. El paisaje desérti- co fue el gatillante, el palito con el que piqué a mi dormido entusiasmo para espabilarlo. Detrás de la postal del desierto, detrás del enamoramiento por contraste, detrás de cualquier falsa justifcación que tuve que darle al sistema del arte y al Servicio Nacional de Migraciones, hay una pregunta por lo que mueve al quehacer artístico mismo, por sus procesos de búsqueda; una pregunta sobre cómo transformar la inquietud de cualquier deseo en una práctica. El interés profundo del gato y de la mexicana está en averiguar cómo hacer investiga- ciones artísticas deseantes. ¿Qué hacer cuando eso que me trajo aquí es todavía parcialmente incomprensible para mí?, ¿cómo mapear una fuerza para poder narrarla sin arrebatarle la potencia de su misterio? Había que dejarse llevar por las imágenes adecuadas. El de- sierto fue la poética que detonó la pulsión investi-

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