Las potencias vitales de las tierras fronterizas

100 “Pasaporte número G28993355. G28993355 vino porque quería conocer el desierto. G28993355 nunca ha visto un desierto, nunca” . Un par de me- ses han pasado ya desde que les conté esa historia, ¿se acuerdan? La historia de cómo y por qué lle- gué hasta aquí. Un par de meses han pasado ya y el desierto todavía no lo conozco, y como todavía no lo conozco, aún puedo escribir de él como yo quiero: desde la especulación y la intriga. Todavía es una fcción, todavía escribo desde la imagina- ción y no desde el recuerdo, la representación o el registro: todavía es una cosa virtual, en potencia… todavía, una “Potencia Vital”. Aunque he tenido la oportunidad de visitarlo, pienso ahora que quizá lo he evitado en un intento por prolongar esa pode- rosa fcción el mayor tiempo posible, a ver cuánto me dura la devoción por aquel sitio que no puedo tocar. Una necesita imaginarios vastos para des- plegar el pensamiento, yo los necesito. Yo todavía necesito que su inmenso, querido y herido desier- to, sea el mío. Desde mi casa con vidrios azules en la hú- meda Xalapa, donde nacen familias de líquenes de- bajo de las piedras y llueve solo de pensarlo, fanta- seaba con el árido cuerpo geográfco que inaugura el trazo de este país de arriba hacia abajo; y decidí que la curiosidad que sentía por tal territorio debe- ría tener esa misma imagen. En un principio, por ser un ecosistema tan radicalmente opuesto a mi hogar, por ser el espejismo de todo aquello que se desconoce. Pero había más que simplemente un enamoramiento por contraste. Siempre hay algo más que una intuye desde muy pronto y tiene que ser lo sufcientemente paciente para dejar que la cosa caiga por su propio peso después. Apenas ahora he logrado apalabrar porqué la elección del desierto no fue aleatoria ni accidental, pero eso se- guramente ustedes, lectoras y lectores de acá, no necesitan que se los explique. la nueva fuerza gravitacional no solo aterri- za sus pies sino también sus pensamientos, y mientras camina con toda la concentración puesta en su zancada, siente cómo el parloteo que normalmente ebulle sin interrupción en su cabeza se va apaciguando. no tanto como el llanto de un niño que se calma cuando la madre va a atenderlo, más bien como si la madre se hubiera escapado a escondidas de su hogar, dejando que el llanto se quede atrás como un eco apenas perceptible, resignándo- se a que todo en esa casa se venga abajo sin ella, solo por un rato, solo esta vez. los pensa- mientos siguen allí, el bullicio nunca va a dejar de estar allí – los pendientes, los dolores, las distracciones, la rabia – pero la nueva grave- dad los mantiene a ras de suelo. la investiga- dora espera que al quitarlos de su campo de visión pueda encontrar algo que estaba justo frente a sus narices, pero que en medio de las catástrofes cotidianas le era imposible mi- rar. a la investigadora rara vez le interesa lo grandioso, lo que busca con desesperación son siempre nuevas formas de mirar lo ordinario. como ahora se sienten los diminutos granitos de arena golpeando sus tobillos cuando pasa una ráfaga de aire, hay una fuerza punzante cuando lo mínimo se organiza para hacerse presente. al ritmo que va le faltan varias horas para llegar a las mesetas, lo sabe. sin entrar en pánico continua su lento andar, pregun- tándose si los turistas que dejó en el camino se habrán preocupado por ella. su ausencia debe ser evidente, estaba retrasando al gru- po entero con sus largas contemplaciones y su intenso interrogatorio al guía del recorri- do. ahora más bien se pregunta si los turistas estarán buscándola, o si, como la madre del niño escandaloso, la han abandonado con toda determinación.

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