Catografía lingüistica. Un abordaje desde y hacia la interdisciplinadieradad
C I E N C I A S S O C I A L E S Y L E N G U A J E 67 parte de la sociedad, enfrenta obstáculos para que sus actos de habla sean interpretados y respondidos de manera adecuada según las convenciones discursivas estándares. De este modo, aunque la persona pueda tener el derecho y las herramientas para realizar un acto de habla específico, su discurso es distorsionado o malinterpretado, lo que puede transformarlo en otro tipo de acto de habla con consecuencias menos favorables. Lo anterior, limita la capacidad del hablante para usar el lenguaje como herramienta de agencia social, reforzando las desventajas y desigualdades existentes. Por ejemplo, una mujer que ocupa un cargo directivo en una empresa multinacional puede enfrentar resistencia a la hora de ejercer su autoridad discursiva frente a sus compañeros en contextos formales. Aunque emite una orden clara durante una reunión —empleando los recursos lingüísticos convencionales para tal acto de habla como lo serían el uso del modo imperativo, un tono de voz elevado y una gestualidad imponente—, sus colegas interpretan su enunciado como una sugerencia prescindible. Esta reinterpretación no responde a fallas en la formulación de la orden ni a una ambigüedad pragmática, sino que se relaciona directamente con la percepción de la identidad de la hablante, cuya autoridad es deslegitimada de forma sistemática por los prejuicios existentes sobre las mujeres. En este caso, el acto de habla original se ve desplazado hacia una lectura menos comprometida, con consecuencias prácticas negativas en la medida en que la hablante se ve impedida de ejercer plenamente su agencia lingüística. Dicho de otro modo, la interpretación del signo lingüístico se ve determinada por las características sociolingüísticas del hablante, las cuales le confieren al acto discursivo rasgos semánticos y pragmáticos diferenciados en función de la identidad del sujeto (Labov, 1966). En este sentido, no es de extrañar que, tal como sugiere Chambers (2003), el discurso siempre está incrustado en un sistema metalingüístico de valoración social. Un caso insigne de este vínculo entre identidad, lenguaje y política es el presentado por Trudgill (1972) en el marco de la sociolingüística variacionista. El autor, en su estudio sobre la comunidad de Norwich, observó que los hablantes varones de clase trabajadora tendían a usar formas estigmatizadas — walkin’ en lugar de walking — no por desconocimiento de la norma lingüística sino como una estrategia de
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